TAZÓN PARA DOSLa marea detenidaÍndice
Sello Tazón para Dos
TAZÓN PARA DOSESPACIO CULTURAL · ENGATIVÁ
Mago: La Ascensión · Historia alternativa

La marea detenida.

Una historia alternativa para Mago: La Ascensión, inspirada en las aventuras del archivo de Sinergia de Rol.

Ilustración de portada
Texto e ilustraciones · Tazón para Dos Octubre 2026
Prólogo

La hora que no pasó.

Todo lo que sube baja, decía mi abuela. Menos la marea de esta noche.

Cuaderno de guardia de Lía Ferreiro

A las tres y doce mi­nu­tos de la ma­dru­gada, el número de la pan­ta­lla dejó de cambiar.

Lía Fe­rreiro lle­vaba seis años de turnos de noche en la caseta del ma­re­ó­grafo del puerto y sabía leer el mar como otras per­so­nas leen la cara de un amigo. Co­no­cía el zum­bido del sensor, el olor a ga­só­leo y algas, el par­pa­deo de los con­te­ne­do­res al otro lado de la dársena. Sabía que la marea de aquel 2 de no­viem­bre tocaba ple­a­mar a las 03:40. Por eso, cuando la cifra se quedó cla­vada en 3,412 metros y el grá­fico se volvió una línea per­fec­ta­mente ho­ri­zon­tal, lo pri­mero que pensó fue que se había roto el sensor.

Salió a mirar. El agua del puerto estaba lisa como una bandeja. En la bocana una ola grande, de las que llegan de mar abierto, se le­vantó, rompió contra el dique en un aba­nico blanco… y volvió a le­van­tarse en el mismo sitio, con la misma forma y la misma espuma, como si al­guien hu­biera re­bo­bi­nado la noche un palmo. Lía contó. Una vez. Dos. Siete.

Arriba, sobre la ciudad, el haz de la Torre de Hér­cu­les se había que­dado quieto, apun­tando hacia el norte, en­cen­dido sobre el agua como una espada de luz olvidada. La luna llena no se movía. Lía miró su reloj de pulsera: 03:12. Miró el móvil: 03:12. Res­piró hondo, cerró los ojos, los abrió.

03:12.

Lo que Lía no sabía, porque nadie se lo había con­tado nunca, es que aque­lla noche no se había roto el mar, sino algo que estaba dentro de ella. Y que en algún lugar de la ciudad al­guien lle­vaba meses es­pe­rando exac­ta­mente ese minuto.

Capítulo 1

La Capilla de la calle de la Franja.

Sabela Rey fue la pri­mera en no­tarlo, porque tenía el oído hecho al compás. Estaba en el desván de la li­bre­ría O Faro, que lle­vaba nueve años ce­rrada al pú­blico y que su cábala usaba como Ca­pi­lla, afi­nando la pan­de­reta para una sesión que nunca lle­ga­ría a empezar. Golpeó el parche, una, dos, tres veces, y el tercer golpe sonó antes que el segundo.

—Eso no ha pasado —dijo en voz alta.

Don Amaro Seoane le­vantó la vista de su cua­derno de cuero. Era no­ta­rio ju­bi­lado, miem­bro de la Orden de Hermes desde antes de que Sabela na­ciera, y tenía la cos­tum­bre de co­rre­gir la gra­má­tica de los demás in­cluso en mitad de un ritual. Pero aque­lla vez no co­rri­gió nada. Miró el reloj de pared, un trasto de pén­dulo que había he­re­dado de su ma­es­tra, y vio el pén­dulo de­te­nido en lo alto de su re­co­rrido, tem­blando, sin de­ci­dirse a caer.

En el sofá, en­vuelta en una manta, Uxía Varela dejó la taza de té. La in­fu­sión había dejado de humear. No se había enfriado: sim­ple­mente el vapor estaba allí, sus­pen­dido en una voluta per­fecta encima de la taza, como di­bu­jado con tiza. Uxía era de la Ver­bena, cu­ran­dera de oficio y de vo­ca­ción, y su magia sabía a romero y a tierra mojada. Tocó el vapor con la punta del dedo y lo notó tibio, vivo, atrapado.

—Algo está re­te­niendo el Tiempo —dijo—. Y no somos nosotros.

Nico Ba­rreiro ni si­quiera le­vantó la cabeza. Tenía tres pan­ta­llas abier­tas sobre la mesa de la cocina y los au­ri­cu­la­res puestos. Adepto Vir­tual, vein­ti­séis años, la clase de per­sona que pide perdón a las im­pre­so­ras cuando las golpea. Tecleó algo, frun­ció el ceño y giró una pan­ta­lla hacia los demás: los re­lo­jes ató­mi­cos de re­fe­ren­cia que con­sul­taba por cos­tum­bre se­gu­ían avan­zando, se­gundo a se­gundo, en Madrid, en Lisboa, en París. Los de A Coruña no.

—No es todo el mundo —dijo Nico—. Es la ciudad. O un trozo de la ciudad. Y está muy, muy quieta.

En la Ca­pi­lla de la Franja nunca había habido jerarquía. Desde la caída de Ho­ri­zonte, la gran for­ta­leza de las Tra­di­cio­nes en el Otro Lado, las cá­ba­las pe­que­ñas como la suya habían que­dado más o menos a su aire: sin ma­es­tros que man­da­ran, sin in­for­mes que enviar, con li­ber­tad y con miedo a partes iguales. Ellos cuatro se habían en­con­trado más por ter­que­dad que por des­tino y se cui­da­ban como una fa­mi­lia mal avenida. Se reu­nían en el desván, entre cajas de no­ve­las hú­me­das, porque el lugar estaba sobre un pe­queño Nodo, una fuente de Quin­ta­e­sen­cia que se notaba en el aire como se nota el mar antes de verlo.

Por eso les sor­pren­dió tanto que al­guien lla­mara a la puerta de la li­bre­ría a las tres y doce de la madrugada.

Era Bieito Lamas. Abrigo gris gas­tado, bu­fanda de lana, una bolsa de chu­rros to­da­vía ca­liente, lo único ca­liente de la ciudad. Bieito era un Ser Hueco, uno de esos magos huér­fa­nos de Tra­di­ción que se visten de luto como quien se pone una broma, y lle­vaba casi un año ron­dando por la Capilla. Traía libros que nadie le pedía, café cuando hacía falta y una manera de son­reír que hacía que todo el mundo se relajara. Sus ojos eran de un gris tan claro que, con poca luz, pa­re­cían de vidrio plateado.

—¿Lo habéis visto? —pre­guntó desde el umbral—. El faro. La luna. Esa ola del puerto que se repite como un vídeo de esos que se ponen en bucle.

—Lo es­ta­mos vi­viendo —dijo Sabela.

Bieito se sentó en la es­ca­lera, re­par­tió los chu­rros y contó lo que sabía. Lle­vaba se­ma­nas si­guiendo «una re­so­nan­cia rara» en el puerto. Había una mujer, téc­nica del ma­re­ó­grafo, que tenía lo que él lla­maba un Avatar «a punto de romper el cas­ca­rón». Lía Ferreiro. Dur­miente to­da­vía, pero por poco.

—Si Des­pierta sola, y Des­pierta con miedo —dijo, mi­rando a Uxía—, esta noche puede no ter­mi­nar nunca. Para ella, quiero decir. Y para unas cuan­tas man­za­nas alrededor.

Uxía hizo la pre­gunta que nadie quería hacer.

—¿Y por qué nos lo cuen­tas a no­so­tros?

—Porque sois buena gente —res­pon­dió Bieito, en­co­gién­dose de hom­bros—. Y porque los otros ya la están buscando.

No hizo falta pre­gun­tar quié­nes eran «los otros». En una ciudad pe­queña, cual­quier mago de las Tra­di­cio­nes aprende pronto a re­co­no­cer las fur­go­ne­tas grises sin ro­tu­lar, los téc­ni­cos que nunca pa­re­cen tra­ba­jar para nadie, los trajes de­ma­siado bien planchados. La Tec­no­cra­cia no creía en la magia. Creía en las me­di­cio­nes, en los pro­to­co­los y en la estabilidad. Y una mujer capaz de de­te­ner el mar era, para ellos, una ano­ma­lía es­ta­dís­tica que había que corregir.

Sa­lie­ron los cinco a la calle. La ciudad estaba en si­len­cio, pero no en un si­len­cio de madrugada: era el si­len­cio de una fotografía. Un gato a medio salto sobre un contenedor. Un taxi con el in­ter­mi­tente en­cen­dido sin parpadear. Un hombre que volvía de una fiesta con la boca abierta en mitad de un bostezo. Los Dur­mien­tes es­ta­ban con­ge­la­dos en el minuto. Solo los magos, y quizá al­gu­nas otras cria­tu­ras que pre­fe­rían no ima­gi­nar, se movían dentro de él.

—Esto es lo peor que le puede pasar al Con­senso —mur­muró don Amaro—. Si cuando todo se des­con­gele hay mil per­so­nas que re­cuer­dan haber vivido el mismo minuto se­tenta veces, la Pa­ra­doja no va a tener piedad de nadie.

—En­ton­ces que no lo re­cuer­den —dijo Nico, ya ca­mi­nando hacia el puerto.

Capítulo 2

Anomalías estadísticas.

La fur­go­neta estaba apar­cada junto a la caseta del ma­re­ó­grafo, con las puer­tas tra­se­ras abiertas. Dentro, una pared de ins­tru­men­tos par­pa­de­aba con luces verdes. Era lo único en todo el puerto que se movía al ritmo normal del mundo, y eso ya decía mucho de la gente que la había traído.

Sensores del Nuevo Orden Mundial
Sensores del Nuevo Orden Mundial

La agente Carme Sal­gado los es­pe­raba apo­yada en el capó. Traje oscuro, pelo re­co­gido, una car­peta bajo el brazo y la ex­pre­sión de al­guien que lleva toda la noche sin dormir y no piensa admitirlo. Dos téc­ni­cos con cha­leco re­flec­tante tra­ba­ja­ban dentro de la fur­go­neta sin mirar hacia afuera. Sal­gado no pa­re­cía sor­pren­dida de verlos; pa­re­cía, como mucho, li­ge­ra­mente decepcionada.

—Des­via­dos —dijo, a modo de saludo—. Ten­dría que ha­berlo supuesto.

—Buenas noches a usted tam­bién —res­pon­dió don Amaro, con una in­cli­na­ción de cabeza que era casi una provocación.

Sal­gado tra­ba­jaba para el Nuevo Orden Mun­dial, la Con­ven­ción de la Tec­no­cra­cia que se ocupa de la in­for­ma­ción y de lo que la gente cree que es verdad. No lle­vaba gafas de sol, a pesar de la le­yenda, pero tenía unas en el bol­si­llo de la cha­queta, y Nico ju­ra­ría des­pués que las había tocado un par de veces, como quien toca un amuleto.

La con­ver­sa­ción que siguió fue tensa, edu­cada y ex­tra­ña­mente útil. Para Sal­gado, lo que ocu­rría era un «evento de dis­con­ti­nui­dad local» pro­vo­cado por un in­di­vi­duo con un po­ten­cial de des­via­ción altísimo: un Dur­miente al borde de con­ver­tirse en algo que su Unión lla­maba, con ele­gan­cia bu­ro­crá­tica, un «sujeto de riesgo». Tenía el nombre de Lía en la carpeta. Tenía su dirección. Tenía hasta su his­to­rial médico.

—No vamos a ha­cerle daño —dijo Sal­gado, y por un mo­mento sonó sin­cera—. La vamos a estabilizar. Un pe­riodo de ob­ser­va­ción, te­ra­pia, un tra­bajo nuevo. Hay per­so­nas que viven toda su vida sin volver a tener un epi­so­dio así.

—Per­so­nas a las que les habéis qui­tado algo —re­plicó Uxía.

—Per­so­nas que duer­men tran­qui­las —co­rri­gió Sal­gado—. ¿Us­te­des pueden pro­me­terle lo mismo?

Nadie contestó. Esa era la parte in­có­moda de la Guerra de la As­cen­sión que nadie con­taba en los libros: que a veces el otro bando tam­bién creía estar pro­te­giendo a la gente. Para la Tec­no­cra­cia, el mundo sólo era seguro si todos com­par­tían la misma re­a­li­dad, me­di­ble y predecible. Para las Tra­di­cio­nes, ese mundo seguro era tam­bién una jaula. Y Lía estaba, sin sa­berlo, exac­ta­mente en el borde entre las dos ideas.

Mien­tras tanto, Nico se había sen­tado en el bor­di­llo con el por­tá­til sobre las rodillas. Para él no hacía falta cable: un Adepto Vir­tual con su­fi­ciente prác­tica en Co­rres­pon­den­cia podía co­larse en la Te­la­raña Di­gi­tal, el re­flejo de la red que existe en el Otro Lado, y ca­mi­nar por ella como por una ciudad de luz.

Lo que en­con­tró allí le heló la sangre.

Los re­gis­tros del ma­re­ó­grafo, las cá­ma­ras del puerto, las an­te­nas de te­le­fo­nía, los re­lo­jes de los cajeros: todos los datos de aquel minuto for­ma­ban, vistos desde dentro, un la­be­rinto circular. Ani­llos y ani­llos de in­for­ma­ción re­pe­tida, gi­rando sobre sí mismos. Y en el centro, una presencia. No una per­sona exac­ta­mente, sino algo que se ali­men­taba de la re­pe­ti­ción, que sorbía cada nueva vuelta del minuto como quien sorbe un caldo.

Nico siguió un hilo. Siem­pre hay un hilo. Un rastro fino de datos que no se re­pe­tía como los demás, sino que en­traba y salía del la­be­rinto como un hilo rojo en un tapiz. Lle­vaba a una cuenta de correo, a un pago en un rastro de an­ti­güe­da­des del do­mingo an­te­rior, a una di­rec­ción de Monte Alto: el piso de Lía.

Y a un nombre en la fac­tura de un puesto del rastro: B. Lamas.

Cuando Nico se quitó los au­ri­cu­la­res, le tem­bla­ban las manos. Miró hacia la es­ca­lera del muelle, donde un mo­mento antes Bieito estaba sen­tado co­miendo el último churro. No había nadie.

—Te­ne­mos que ir al piso de Lía —dijo—. Ya.

—Lía no está en su piso —dijo Sal­gado, sin le­van­tar la vista de la car­peta—. Está en la caseta. Lleva ahí dentro todo el minuto.

Un laberinto en la Telaraña Digital: el hilo rojo lleva hasta el centro
Un laberinto en la Telaraña Digital: el hilo rojo lleva hasta el centro
03:12 · El minuto que vuelve
03:12 · El minuto que vuelve
Capítulo 3

Lía.

Un logro es en­con­trar un alma humana bella.

Johann Gottfried von Herder (citado al inicio de «Transparencia»)

La caseta del ma­re­ó­grafo olía a café recalentado. Lía estaba sen­tada en el suelo, con la es­palda contra la pared y las ro­di­llas abra­za­das, mi­rando la pan­ta­lla con la cifra inmóvil. Cuando la puerta se abrió, le­vantó la cabeza y dijo, con una calma que daba miedo:

—Ya habéis en­trado antes. Cuatro veces. Siem­pre decís lo mismo.

Uxía se detuvo en el umbral. Nadie en la cábala re­cor­daba haber en­trado antes. Pero Sabela, que sentía el Tiempo como un pulso en las mu­ñe­cas, notó el roce de los otros intentos: cuatro ver­sio­nes de ellos mismos que habían cru­zado esa puerta, habían ha­blado de­ma­siado rápido, habían asus­tado a Lía y habían sido bo­rra­das por la si­guiente vuelta del minuto.

—En­ton­ces esta vez vamos a decir otra cosa —con­testó Uxía, y se sentó en el suelo a su lado.

No usó magia. Esa fue la pri­mera de­ci­sión im­por­tante de la noche. Al otro lado de la ven­tana, los téc­ni­cos de Sal­gado se­gu­ían mi­diendo, y cual­quier efecto vulgar, cual­quier des­te­llo im­po­si­ble de­lante de una Dur­miente ate­rro­ri­zada, podía romper algo que no tenía arreglo. Uxía sacó de la bolsa un termo, sirvió dos vasos de man­za­ni­lla con miel (el vapor se quedó quieto sobre los vasos, como en la Ca­pi­lla) y habló de cosas pequeñas. De la abuela de Lía, que había sido farera en Fisterra. De las tablas de mareas que Lía re­lle­naba a mano por la noche, aunque el sis­tema las cal­cu­laba solo, porque le gus­taba es­cri­bir los nú­me­ros con su letra.

—Las mareas tienen sen­tido —dijo Lía—. Siempre. Suben, bajan. Tienen horario. Por eso me gustan.

—¿Y qué pasó a las tres y doce?

Lía tardó en contestar.

—Me lla­ma­ron del hospital. Mi abuela. Se está muriendo. Yo pensé… pensé que si la marea no subía, no tenía que ir. Que si la noche no avan­zaba, no tenía que llegar mañana. Y la marea me hizo caso.

Hubo un silencio. Don Amaro se quitó el sombrero.

Así fun­cio­naba el Des­per­tar, a veces. No con un rayo ni con una visión de un águila rom­piendo los ba­rro­tes de una jaula, sino con un deseo tan fuerte que la re­a­li­dad se dobla para no contradecirlo. El Avatar de Lía, esa chispa de con­cien­cia que todo mago lleva dentro, había en­con­trado su forma en lo que ella más amaba: el ritmo exacto, pre­vi­si­ble, del agua. Y lo había de­te­nido para pro­te­gerla de la única cosa que no podía soportar.

Lía estaba ha­ciendo magia sin saberlo. Magia de Tiempo, po­de­rosa, sin con­trol y sin paradigma: sin una his­to­ria que le ex­pli­cara a la re­a­li­dad por qué aque­llo podía pasar. Un mago en­tre­nado jus­ti­fica sus efec­tos dentro de un sis­tema de cre­en­cias, ya sea el ritual her­mé­tico, el código in­for­má­tico o el ritmo de un tambor. Lía no tenía nada de eso. Solo miedo y amor, mezclados.

Y había algo más. En el es­tante, junto a las tablas de mareas, había una ca­ra­cola grande, ama­ri­lla, con una es­pi­ral roja que pa­re­cía mo­verse si la mi­ra­bas de reojo. Lía la había com­prado el do­mingo an­te­rior en el rastro, a un hombre muy amable de abrigo gris. «Para que oigas el mar cuando estés de guar­dia», le había dicho.

La caracola del rastro
La caracola del rastro

Don Amaro no la tocó. Se acercó con su cua­derno abierto y trazó en el aire, muy des­pa­cio, los signos de una in­vo­ca­ción de Car­di­nal, la Esfera de la ener­gía pri­mor­dial que lo sos­tiene todo. Lo que vio le hizo palidecer: la ca­ra­cola no era un simple adorno. Era un talismán. Ab­sor­bía la Quin­ta­e­sen­cia que el Des­per­tar de Lía li­be­raba con cada vuelta del minuto y la en­viaba hacia fuera, hacia el norte, por un canal tan fino como un hilo.

—Hacia la Torre —dijo.

Uxía, que tenía la Esfera de Es­pí­ritu, sintió lo que había al otro lado del hilo. No era un es­pí­ritu del mar ni un fan­tasma del faro. Era un hambre. Un vacío con forma de boca.

—Ne­fan­dos —susurró.

Sabela soltó una pa­la­brota que don Amaro, por una vez, no corrigió.

Capítulo 4

La otra cara.

Vol­vie­ron a la li­bre­ría por las calles con­ge­la­das, con Lía en­vuelta en la manta de Uxía y la ca­ra­cola en una caja de za­pa­tos fo­rrada de papel de plata, la mejor pro­tec­ción que Nico pudo improvisar. La agente Sal­gado los siguió a diez pasos, sin pedir per­miso y sin ofre­cer explicaciones. Nadie la echó.

Bieito estaba en el desván, sen­tado en el sofá de Uxía, ho­je­ando el cua­derno de don Amaro.

—Os he hecho café —dijo—. Bueno, he hecho café una vez. Lleva ya cua­renta vuel­tas recién hecho.

Nadie se rió. Bieito sus­piró, dejó el cua­derno y se puso de pie. Seguía te­niendo la misma son­risa amable, el mismo abrigo gris, la misma bufanda. Pero sus ojos, a la luz de la lám­para in­mó­vil, ya no pa­re­cían de vidrio: pa­re­cían agu­je­ros a través de los cuales se veía otra cosa, muy lejos, muy oscura.

«La mejor manera de ganar una guerra es con­se­guir que tus ene­mi­gos se dis­pa­ren entre ellos mien­tras te dan las gra­cias por el café.»

No hubo combate. Esa fue la se­gunda sor­presa de la noche. Bieito les ex­plicó su plan con la tran­qui­li­dad de quien ex­plica una receta, porque sabía que ya no podían de­te­nerlo con prisas. Lle­vaba un año preparándolo. Había en­con­trado a Lía antes que nadie. Había sem­brado en ella el miedo justo, la ca­ra­cola justa, y había avi­sado a la cábala y, por un canal anó­nimo, a la Tec­no­cra­cia, para que se pe­le­a­ran por ella. Cuanto más miedo tu­viera Lía, más vuel­tas daría el minuto. Cuan­tas más vuel­tas, más Paradoja. Y cuando el minuto por fin se rom­piera, toda esa deuda acu­mu­lada caería de golpe sobre el Nodo que dormía bajo la Torre de Hér­cu­les, el más an­ti­guo de la costa. Se abri­ría una herida en el Tapiz. Y por la herida en­tra­ría lo que Bieito lle­vaba años esperando.

—No es nada per­so­nal —dijo—. Me caéis bien. De verdad. Pero lo que hay al otro lado me cae mejor.

Sal­gado había sacado una pis­tola en algún mo­mento, sin que nadie la viera moverse. Bieito la miró con algo pa­re­cido al cariño.

—Agente. Si me dis­para aquí, en un minuto que no avanza, ¿sabe usted dónde va a acabar la bala?

Y en­ton­ces sim­ple­mente no estuvo. No se marchó: dejó de estar en aquel minuto y apa­re­ció en otro, uno que solo él sabía encontrar. En el suelo, donde había estado de pie, quedó una tar­jeta con letras es­cri­tas a mano:

Nos vemos en la Torre. Traed a la chica. O no la traigáis: el re­sul­tado es el mismo.

La ciudad de esta noche: los cinco lugares de la historia
La ciudad de esta noche: los cinco lugares de la historia

Lía había es­cu­chado todo desde la escalera. Tenía las manos blan­cas de apre­tar la manta.

—En­ton­ces es culpa mía —dijo—. Si yo dejo de tener miedo, se acaba.

—No es culpa tuya —res­pon­dió Uxía—. Pero sí está en tu mano. Que no es lo mismo.

Sal­gado guardó la pistola. Se quedó un rato mi­rando por la ven­tana, al haz in­mó­vil de la Torre, y des­pués dijo algo que nin­guno de ellos es­pe­raba oír en boca de un agente de la Tecnocracia:

—La Unión tiene una prio­ri­dad por encima de cual­quier otra. Los Ne­fan­dos no ne­go­cian, no se es­ta­bi­li­zan y no se reeducan. Por esta noche, y solo por esta noche, tra­ba­ja­mos juntos. Mañana vol­ve­re­mos a ser lo que somos.

Don Amaro le tendió la mano. Ella dudó, y luego se la estrechó.

—Mañana —asin­tió él—. Que ya es mucho decir, dadas las circunstancias.

Las nueve Esferas tal como aparecen en esta historia (símbolos originales, no oficiales)
Las nueve Esferas tal como aparecen en esta historia (símbolos originales, no oficiales)
Capítulo 5

Contra marea.

Su­bie­ron a la Torre an­dando, porque los coches es­ta­ban de­te­ni­dos en el minuto como juguetes. A medida que se acer­ca­ban, el aire se volvía denso, casi lí­quido, y cada paso cos­taba un poco más que el anterior. Al­re­de­dor del faro, el minuto no se re­pe­tía igual que en el resto de la ciudad: giraba. Las nubes daban vuel­tas sobre la lin­terna como el agua en un de­sa­güe, y el haz de luz, con­ge­lado sobre el mar, tem­blaba igual que el pén­dulo de don Amaro.

Bieito los es­pe­raba al pie de la Torre, junto a la rosa de los vien­tos de piedra. Detrás de él, el aire se había vuelto fino como papel de fumar. A través de él se veía algo que nin­guno de ellos quiso mirar de­ma­siado tiempo.

El plan de la cábala era sen­ci­llo, porque no había tiempo, li­te­ral­mente, para uno complicado.

Nico se en­car­ga­ría de la Telaraña. Con ayuda de los téc­ni­cos de Sal­gado, que en­chu­fa­ron los sen­so­res de la fur­go­neta a su por­tá­til con una do­ci­li­dad sor­pren­dente, inundó el la­be­rinto de datos con ruido: mi­llo­nes de mi­nu­tos falsos, li­ge­ra­mente dis­tin­tos entre sí, para que la pre­sen­cia del centro no pu­diera seguir ali­men­tán­dose de la re­pe­ti­ción perfecta.

Sabela tocaría. No una can­ción, sino un compás: un golpe, otro, otro, cada vez un poco más rápido, para en­se­ñarle a la re­a­li­dad que el tiempo podía volver a avan­zar sin romperse. Era magia coin­ci­dente, discreta: una mujer to­cando la pan­de­reta en un paseo ma­rí­timo de ma­dru­gada no le pa­re­ce­ría ex­traño a ningún Dur­miente que pu­diera recordarlo.

Don Amaro se ocu­pa­ría de la caracola. Rom­perla a mar­ti­lla­zos habría li­be­rado de golpe toda la Quin­ta­e­sen­cia robada, justo lo que Bieito quería. Así que la abrió como se abre un contrato: cláu­sula a cláu­sula, con Fuer­zas y Car­di­nal, de­vol­viendo cada hilo de ener­gía a su sitio, a la ciudad, a las fa­ro­las, a la marea. Era un tra­bajo lento y pre­ciso, y le costaba. A la ter­cera cláu­sula em­pe­za­ron a sa­lirle am­po­llas en las yemas de los dedos. A la quinta, le san­graba la nariz. La Pa­ra­doja co­braba su parte, como siem­pre, y siem­pre a quien estaba más cerca.

Y Uxía se quedó con Lía. Ese era el tra­bajo más di­fí­cil de todos.

—No te voy a pedir que dejes de tener miedo —le dijo, co­gién­dole las manos—. Eso no se puede pedir. Te voy a pedir que dejes pasar el minuto aunque tengas miedo.

—Si lo dejo pasar, llega mañana.

—Sí.

—Y mañana mi abuela se muere.

—Puede que sí. Y si no vas, se muere igual, pero sin ti.

Bieito se rió, por pri­mera vez sin ama­bi­li­dad, y avanzó hacia ellas. Fue Sal­gado quien se interpuso. No disparó. En­cen­dió una lin­terna de mano, una lin­terna co­rriente de las que se com­pran en una fe­rre­te­ría, y se la puso de­lante de los ojos, de esos ojos que ya no eran ojos. La luz entró por los agu­je­ros hasta el otro lado, y lo que estaba al otro lado retrocedió. A veces, la cien­cia más hu­milde es la que mejor fun­ciona contra la oscuridad.

—Ahora —dijo Sabela, y ace­leró el compás.

Lía cerró los ojos. Pensó en su abuela, la farera, que le había en­se­ñado que el faro no sirve para de­te­ner la noche, sino para cruzarla. Pensó en los nú­me­ros que es­cri­bía a mano en las tablas, uno detrás de otro, sin sal­tarse ninguno. Pensó en el mar, que siem­pre sube y siem­pre baja, y por pri­mera vez esa idea no le dio miedo, sino un poco de paz.

Y dejó que el minuto se fuera.

El haz de la Torre se movió. Pri­mero un grado, luego otro, des­pués giró com­pleto, ba­rriendo el mar, la ciudad, los te­ja­dos, la cara de cada uno de ellos. La ola de la bocana rompió y, esta vez, no volvió a levantarse. La luna se des­lizó un dedo hacia el oeste. Las nubes que gi­ra­ban sobre la lin­terna se des­hi­cie­ron en una lluvia fina y normal, de las de noviembre.

Bieito trató de saltar a otro minuto, como había hecho en la librería. Pero ya no que­daba nin­guno sobrante: el la­be­rinto de Nico estaba lleno de ruido, el compás de Sabela no dejaba huecos y la ca­ra­cola de don Amaro estaba vacía. El último minuto de Bieito fue el suyo propio, el que había estado ali­men­tando du­rante un año. Se cerró sobre él como una concha. Cuando la lluvia limpió el aire, en la rosa de los vien­tos solo que­daba su bufanda.

Nadie supo nunca si había muerto, si había caído al otro lado o si seguía allí, atra­pado para siem­pre en las tres y doce. Sal­gado lo anotó en su car­peta como «sujeto no lo­ca­li­zado». Era, pro­ba­ble­mente, lo más ho­nesto que se podía escribir.

Epílogo

Pleamar.

La ple­a­mar llegó a las 03:40, con vein­tio­cho mi­nu­tos de re­traso sobre el ho­ra­rio que no había existido. Nadie en la ciudad re­cor­da­ría la noche más que como un sueño raro, una de esas sen­sa­cio­nes de déjà vu de las que se habla en la radio de ma­dru­gada y se ol­vi­dan antes del desayuno. Nico se ocupó de que las cá­ma­ras, los re­gis­tros y los re­lo­jes con­ta­ran una his­to­ria aburrida. Sal­gado se ocupó de lo mismo por su lado. Fue, quizá, la pri­mera vez que las dos ver­sio­nes ofi­cia­les de la re­a­li­dad coin­ci­die­ron punto por punto.

Lía llegó al hos­pi­tal a las seis y media de la mañana, con el pelo mojado y la manta de Uxía to­da­vía sobre los hombros. Llegó a tiempo.

Se­ma­nas des­pués, cuando volvió a la caseta del ma­re­ó­grafo, empezó a es­cri­bir las tablas de mareas de otra manera. Los nú­me­ros se­gu­ían ahí, exac­tos, uno detrás de otro, pero entre ellos había palabras: versos breves, nom­bres, pe­que­ñas ins­truc­cio­nes para el mar. Uxía le ex­plicó que eso, pre­ci­sa­mente eso, era un paradigma. Su propia forma de con­tarle al mundo por qué las cosas pueden ser de otra manera. Don Amaro, con las manos to­da­vía ven­da­das, le regaló un cua­derno de cuero.

En el buzón de la caseta apa­re­ció tam­bién una tar­jeta blanca, sin lo­go­tipo, con un número de te­lé­fono y una sola frase es­crita a máquina: Si alguna vez pre­fie­res datos a cuen­tos, llámame. C. S.

Lía guardó la tar­jeta y el cua­derno en el mismo cajón. To­da­vía no ha de­ci­dido qué hacer con nin­guno de los dos.

Y en los re­gis­tros del ma­re­ó­grafo, aunque Nico los revisó tres veces, sigue ha­biendo una línea que no ter­mina de borrarse: 03:12, 3,412 metros. Una marea que, en algún lugar, to­da­vía no ha bajado.

Notas

Fuentes e inspiración.

Esta his­to­ria es original. No re­pro­duce es­ce­nas ni textos de nin­guna aven­tura, pero bebe de varias ideas que en­con­tra­mos al leer el ar­chivo de mó­du­los de Mago: La As­cen­sión con­ser­vado en el espejo de Si­ner­gia de Rol. Así es como cada una dejó su huella:

Cubierta del juego en el archivo
Cubierta del juego en el archivo

Referencias sobre el juego

Una hora que no pasa. Una marea que no baja. Una mujer que todavía no sabe que es maga.

En A Coruña, a las 03:12 de la madrugada, el haz de la Torre de Hércules se queda quieto sobre el mar. Una pequeña cábala de las Tradiciones tiene hasta el amanecer para entender quién detuvo el tiempo y por qué alguien quiere que el Despertar de Lía Ferreiro sea una catástrofe.

Historia original y no oficial, escrita a partir de la lectura de las aventuras de Mago: La Ascensión conservadas en el archivo de Sinergia de Rol y de referencias públicas sobre el juego.

Historia, maquetación e ilustraciones: Tazón para Dos, con ayuda de herramientas de IA. Ilustraciones originales, sin rostros de personas reales; la cubierta del juego se reproduce en pequeño como referencia. Mago: La Ascensión y el Mundo de Tinieblas son marcas de sus titulares. Texto de fans, no oficial y sin ánimo de lucro; los módulos citados pertenecen a sus autores.
Tazón para Dos JUGAR TAMBIÉN ES ESCUCHAR.
↑