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TAZÓN PARA DOSESPACIO CULTURAL · ENGATIVÁ
Mundo de Tinieblas · Leyendas de Engativá

La Puerta del Sol.

Leyendas de Engativá y de Bogotá contadas desde el Mundo de Tinieblas: un humedal que recuerda, un árbol que cayó y una ciudad que todavía sueña.

Ilustración de portada
Texto e ilustraciones · Tazón para Dos Octubre 2026
Prólogo

La mesa de los sábados.

En­ga­tivá viene de Ingativá. Unos dicen que quiere decir tierra del sol; otros, señor de lo ameno y lo sabroso. Yo digo que quiere decir las dos cosas, y que por eso aquí nadie se quiere ir.

La narradora, un sábado de marzo

Llueve como llueve en Bogotá en marzo: de lado, con rabia, como si el cielo tu­viera algo pen­diente con la sabana. Us­te­des lle­ga­ron mo­ja­dos, se qui­ta­ron las cha­que­tas, se sir­vie­ron tinto del termo y ya están mi­rando los dados como si los dados fueran a contar la his­to­ria solos. No. La his­to­ria la cuento yo, y us­te­des la juegan. Así tra­ba­ja­mos en esta mesa.

Les voy a contar lo que pasó el año pasado, entre enero y el equi­noc­cio, cuando tum­ba­ron el eu­ca­lipto de la plaza fundacional. Us­te­des saben cuál: ese palo in­menso que lle­vaba como dos­cien­tos años parado frente a la igle­sia, el que veía pasar los buses, las pro­ce­sio­nes, los novios y los borrachos. Lo cor­ta­ron un día de enero, y en marzo sem­bra­ron un roble chi­quito en su lugar. Eso salió hasta en las noticias. Lo que no salió en las no­ti­cias es todo lo que pasó en el medio.

Porque cuando cae un árbol así no cae solo. Se caen los nidos, se caen las som­bras, se caen los cuen­tos que la gente le colgaba. Y en este barrio, mijos, los cuen­tos pesan. Aquí lle­ga­ron fa­mi­lias de todo el país, muchas co­rri­das por la vio­len­cia, y cada una trajo en la maleta su Llo­rona, su Mohán, su Pa­ta­sola, su abuela que rezaba contra el mal de ojo. Todo eso se fue aco­mo­dando entre los hu­me­da­les, el río y las casas de la­dri­llo, como se aco­moda la ropa en un ar­ma­rio prestado.

Esta his­to­ria tiene tres caras, como los dados de tres co­lo­res que tienen ahí. Hay una cara de hadas, de sueños y de duen­des en tras­teo; la gente que juega Chan­ge­ling la va a reconocer. Hay una cara de lobos, de es­pí­ri­tus y de un hu­me­dal que se de­fiende, que es la de Hombre Lobo. Y hay una cara de magos que dis­cu­ten qué es real y quién tiene de­re­cho a de­ci­dirlo, que es la de Mago. Pero es una sola his­to­ria, porque En­ga­tivá es una sola, aunque tenga tres­cien­tos barrios.

Antes de em­pe­zar, una ad­ver­ten­cia, como siempre: nada de lo que les voy a contar le pasó a nadie de verdad. O casi nada. Los nom­bres son inventados. Las le­yen­das, en cambio, son de todos. Sír­vanse otro tinto, que esto va para largo.

Arran­que­mos por el árbol.

Lo que quedó del eucalipto de la plaza fundacional
Parte I

El árbol.

Lo que quedó del eucalipto de la plaza fundacional
Capítulo 1

Duendes en trasteo.

Lolo Garzón supo que algo andaba mal porque el pan ama­ne­ció triste.

No el pan de la pa­na­de­ría, que ese siem­pre estaba bueno, sino el pan qui­mé­rico, el que solo ven las hadas: las al­mo­já­ba­nas de luz que doña Fide hor­ne­aba cada ma­dru­gada en el hueco de las raíces del eu­ca­lipto y que dejaba, en­vuel­tas en hojas, en la puerta de las casas donde había niños enfermos. Esa mañana de enero, la ca­nasta que Lolo en­con­tró col­gada de la reja de la ca­cha­rre­ría tenía tres al­mo­já­ba­nas grises, duras como piedra, y una nota es­crita con letra tem­blo­rosa sobre una hoja de eucalipto: Mijo, venga rápido, que nos están sacando.

Lolo tenía die­ci­nueve años, tra­ba­jaba en la ca­cha­rre­ría de su tía en En­ga­tivá Pueblo y era, aunque solo lo su­pie­ran unas pocas cria­tu­ras en toda la lo­ca­li­dad, una pooka. Un hada de las que cam­bian de forma, de las que dicen men­ti­ras por na­tu­ra­leza y de las que se ríen más de lo que deberían. Su otra forma, la de verdad, la que se le salía cuando se asus­taba o se ena­mo­raba, era un curí: un cuy gor­dito, de pelo café y blanco, con unos bi­go­tes que le temblaban. Él decía que era una forma de jaguar. Nadie le creía, y esa era pre­ci­sa­mente la gracia.

Salió co­rriendo hacia la plaza con el de­lan­tal to­da­vía puesto.

Ya habían lle­gado los de la motosierra. Una cua­dri­lla con cha­le­cos na­ranja, un camión con grúa, cinta ama­ri­lla al­re­de­dor de la jar­di­nera y un señor con un casco blanco y una tabla de papeles. La gente del pueblo miraba desde las bancas, desde la puerta de la igle­sia, desde las tiendas. Al­gu­nos es­ta­ban de acuerdo, porque el árbol estaba viejo, se le caían las ramas, daba miedo con el viento. Otros llo­ra­ban sin disimulo. Una señora re­pe­tía una y otra vez que ese árbol la había visto casarse.

Lolo no miraba el tronco, sino lo que nadie más veía.

En la base del eu­ca­lipto, entre las raíces grue­sas que le­van­ta­ban el ado­quín, se abría la puerta del feudo. Para los ojos de los Dur­mien­tes, como llaman los magos a la gente común, no era más que una grieta llena de tierra y colillas. Para los ojos de un hada era una puerta de madera ta­llada, pin­tada de verde y con un pi­ca­porte en forma de le­chuza, y detrás de la puerta había un mundo entero: una cocina con fogón de leña, ca­torce cuar­tos, un patio con he­le­chos y una es­ca­lera de ca­ra­col que subía por dentro del tronco hasta las ramas más altas, donde los duen­des chi­qui­tos dor­mían en ha­ma­cas de telaraña.

Esa puerta estaba abierta de par en par, y por ella salían los ha­bi­tan­tes del feudo car­gando lo que podían.

Doña Fide iba ade­lante, como siempre. Era una boggan, un hada de las de casa, de esas que no so­por­tan ver un trapo sucio ni un niño con hambre. Medía lo que mide un niño de seis años, tenía las manos llenas de harina eterna y una ruana gris que le arrastraba. Detrás venía Toño, el troll, que en su forma qui­mé­rica tenía el tamaño de un bus y en su forma humana era el ce­la­dor del par­que­a­dero de la esquina. Car­gaba en la es­palda la estufa de leña entera, con las ollas encima. Des­pués salían los niños: tres duen­de­ci­tos noc­kers que se pe­le­a­ban por una caja de he­rra­mien­tas, una sátira ado­les­cente con un radio a todo vo­lu­men y un sluagh muy flaco, en­vuelto en som­bras, que no decía nada y solo abra­zaba un cuaderno.

—¡Lolo, mijo! —gritó doña Fide cuando lo vio—. Ayú­deme con la loza, que estos chinos me la van a quebrar.

—¿Y para dónde vamos, doña Fide?

La vieja se detuvo en mitad de la acera. Miró la mo­to­sie­rra, miró la igle­sia, miró el cielo gris de enero. Y por pri­mera vez desde que Lolo la co­no­cía, no tuvo una respuesta.

La mo­to­sie­rra arrancó. Fue un ruido largo, me­tá­lico, que Lolo sintió en los dientes. Al primer corte, el feudo entero tembló. Las pa­re­des de la cocina qui­mé­rica se pu­sie­ron trans­pa­ren­tes, como papel mojado; la es­ca­lera de ca­ra­col se des­hizo en hojas secas; las ha­ma­cas de te­la­raña se vol­vie­ron sim­ple­mente telarañas. Los duen­des que to­da­vía es­ta­ban aden­tro sa­lie­ron a los saltos, cu­bier­tos de ase­rrín, tosiendo.

Lo peor no fue el ruido, sino el frío. Un frío que no tenía nada que ver con enero. Lolo vio cómo a la sátira se le apa­gaba el radio en las manos, cómo a Toño se le do­bla­ban las ro­di­llas bajo la estufa, cómo el sluagh se en­co­gía hasta casi desaparecer. Era la Banalidad: el aliento de la gente que no cree, que no sueña, que mira un árbol y solo ve leña. El señor del casco blanco estaba hecho de eso. No era malo, se le notaba en la cara; estaba can­sado, tenía un ho­ra­rio que cum­plir y una hija que re­co­ger en el colegio. Pero cuando miraba el eu­ca­lipto, el eu­ca­lipto dejaba de ser mágico un po­quito más.

—Vá­mo­nos —dijo Lolo, y agarró la caja de la loza—. Ya, ya, vámonos.

Ba­ja­ron por la calle prin­ci­pal del pueblo en pro­ce­sión, como en una de esas ro­me­rías an­ti­guas que lle­ga­ban al san­tua­rio de los Dolores. La gente de verdad veía a un mu­cha­cho con de­lan­tal car­gando una caja, a un ce­la­dor car­gando un bulto y a unos niños jugando. Las hadas se veían a sí mismas como lo que eran: un pueblo entero en tras­teo, con las ollas, los col­cho­nes y los santos encima, igual que tantas fa­mi­lias que habían lle­gado a En­ga­tivá en los años se­tenta y ochenta con lo que les cupo en un camión.

—Esto ya lo viví —mur­muró doña Fide—. En el cin­cuenta y pico, cuando nos sa­ca­ron de la hacienda. Y des­pués, cuando re­lle­na­ron el hu­me­dal grande. Una cree que ya se acos­tum­bró, pero no.

En la es­quina de la igle­sia se detuvieron. Doña Fide se per­signó a la ca­rrera, por cos­tum­bre, y en­ton­ces Lolo vio algo que le heló la sangre: en el cam­pa­na­rio, donde a esa hora no debía haber nadie, había una figura ves­tida de sotana negra. Tenía las manos juntas sobre el pecho, como rezando. No tenía cabeza.

—No lo mire —dijo doña Fide, ja­lán­dolo del de­lan­tal—. Ese no es de los nuestros. Ese es más viejo que nosotros.

—Doña Fide, es el cura sin cabeza. El de los cuentos.

—Pues por eso. Los cuen­tos tam­bién tienen dueño, mijo. Camine.

Esa noche dur­mie­ron en la tras­tienda de la ca­cha­rre­ría, entre ollas de alu­mi­nio, baldes, pitos de fiesta y velas de colores. Lolo le pidió a la tía per­miso para «unos amigos que se que­da­ron sin casa», y la tía, que era buena gente y no pre­gun­taba de­ma­siado, les dejó una olla de agua­pa­nela y una cobija de tigre.

No había es­pa­cio para todos. Toño durmió sentado. Los noc­kers de­sar­ma­ron una licuadora. La sátira lloró un rato en si­len­cio con los au­dí­fo­nos puestos. Y el sluagh, que se lla­maba Se­bas­tián aunque casi nadie lo su­piera, se acercó a Lolo pasada la me­dia­no­che y le mostró el cua­derno que había sal­vado del feudo. Eran pá­gi­nas y pá­gi­nas de nom­bres es­cri­tos con letra menuda: los nom­bres de todas las per­so­nas que alguna vez se habían sen­tado bajo el eu­ca­lipto a contar un secreto.

—Si se pier­den los nom­bres, se pier­den los sueños —su­su­rró Se­bas­tián, con esa voz de los sluagh que suena como papel arru­gado—. Ne­ce­si­ta­mos otro árbol. O una casa que quiera recibirnos.

—En este barrio no hay casas que re­ci­ban a nadie gratis, Sebas.

—Hay una —dijo el sluagh—. En la es­quina de la ca­rrera vieja. La casa de las puertas.

Lolo sintió que se le eri­zaba el pelo de curí que no tenía a la vista. Todo el mundo en En­ga­tivá Pueblo co­no­cía la casona co­lo­nial de la es­quina, la de los muros de adobe y las tejas de barro. Y todo el mundo sabía, aunque nadie lo dijera en voz alta, que esa casa tenía genio. Que cam­biaba de puerta según quién vi­viera en ella. Que a unos los quería como a hijos y a otros los sacaba a sustos, nada más porque se veían dis­tinto o pen­sa­ban distinto.

Y Lolo, que era pooka, gay y bas­tante dis­tinto, sabía muy bien cuál de las dos cosas le iba a pasar a él.

Capítulo 2

La casa de las puertas.

La casona que­daba en una es­quina de esas que ya casi no exis­ten en Bogotá: muros grue­sos en­ca­la­dos, ven­ta­nas con ba­rro­tes de madera, un portón grande y un balcón que daba a la calle. Lle­vaba años de­so­cu­pada, con un aviso de se arrienda ya des­co­lo­rido, aunque nadie re­cor­daba haber visto a nadie arrendarla. Los ve­ci­nos decían que el dueño vivía en Miami. Las hadas decían que el dueño era la casa.

La casona colonial de la esquina, con su puerta de turno
La casona colonial de la esquina, con su puerta de turno

Lolo fue solo, a las once de la mañana de un martes, porque doña Fide le dijo que las casas viejas son como las abuelas: se ponen de mal genio en la noche y se ablan­dan con el sol. Lle­vaba una bolsa de pan de la pa­na­de­ría de verdad, un ramo de flores de la plaza y la mejor camisa que tenía, una de flores ro­sa­das que su mamá odiaba.

La puerta de la casona ese día era azul. Lolo la había visto verde, roja, de hierro y hasta ta­piada con la­dri­llo, según la semana. Ese día era una puerta azul de ta­blo­nes, con un lla­ma­dor de bronce en forma de mano.

Golpeó tres veces.

—Buenos días, señora casa —dijo, y se sintió ri­dí­culo—. Yo soy Lolo, de la cacharrería. Le traigo pan.

No pasó nada. Luego, muy des­pa­cio, la puerta azul se fue os­cu­re­ciendo, como cuando una nube tapa el sol, hasta vol­verse negra. El lla­ma­dor de bronce cerró los dedos en un puño. Por las ren­di­jas de las ven­ta­nas salió un aire húmedo que olía a en­cie­rro, a naf­ta­lina y a algo más: a desprecio. Lolo lo co­no­cía bien. Era el mismo olor que tenía la sala de su casa cuando su papá lle­gaba y lo en­con­traba con las uñas pintadas.

—Ah —dijo Lolo—. Ya veo.

Se dio media vuelta. Y en­ton­ces, por pura ter­que­dad, porque era pooka y a los pookas no les gusta que les cie­rren la puerta, se dio media vuelta otra vez.

—¿Sabe qué, señora casa? Yo tam­bién tengo mal genio —dijo—. Y tam­bién me he que­dado sola, digo, solo, en un cuarto oscuro, es­pe­rando que al­guien golpee. A mí me echa­ron de mi casa a los die­ci­siete por ser como soy. Usted no es la pri­mera puerta que se me pone negra. Pero allá en la ca­cha­rre­ría tengo a ca­torce duen­des dur­miendo entre baldes porque les tum­ba­ron el árbol, y le juro por mi abuela que me voy a quedar aquí parado hasta que usted se digne a escucharme.

Se sentó en el andén, con el pan en las rodillas. Pa­sa­ron las once y media, las doce, la una. Pasó una señora con un perro, que lo miró raro. Pasó el bus. Pasó un señor ven­diendo ma­za­mo­rra, y Lolo le compró un vaso. A las dos de la tarde, la puerta negra crujió.

No se abrió. Pero en mitad de la madera apa­re­ció, como di­bu­jada con tiza, una pe­queña puerta la­te­ral, del tamaño justo para un curí.

Lolo se rio en voz alta. Se trans­formó allí mismo, detrás de un poste, en esa forma que él seguía in­sis­tiendo en que era de jaguar, y entró a la casona.

Por dentro, la casa era más grande que por fuera, como pasa siem­pre con las casas que tienen alma. Había un patio cen­tral con una pila de piedra seca, co­rre­do­res con bal­do­sas de barro, cuar­tos ce­rra­dos con can­da­dos oxi­da­dos y, en la sala prin­ci­pal, un re­ta­blo de la Virgen de los Do­lo­res con siete es­pa­das de lata cla­va­das en el corazón. Encima de cada puerta in­te­rior había un retrato: los an­ti­guos habitantes. Lolo los fue mi­rando uno a uno. Un ha­cen­dado de bigote, una monja, una fa­mi­lia cam­pe­sina con los hijos en fila, una pareja de se­ño­ras muy ma­yo­res to­ma­das de la mano. Ese último cuadro estaba boca abajo.

—¿Por qué está vol­te­ado ese? —pre­guntó Lolo.

La casa no con­testó con palabras. Las casas como esa son lo que los libros de Chan­ge­ling llaman Inanimae: hadas que no viven en un cuerpo de carne sino en una cosa, un río, una piedra, un edificio. Hablan con cru­ji­dos, con co­rrien­tes de aire, con el olor de los cuartos. Y lo que la casona le dijo a Lolo, con un por­tazo en el se­gundo piso y un chorro de polvo desde el techo, fue clarísimo: esas no eran gente de­cente.

Lolo se acercó al cuadro. Con sus pa­ti­tas de curí no podía vol­te­arlo, así que volvió a su forma humana y lo en­de­rezó con cuidado.

—Estas se­ño­ras vi­vie­ron aquí —dijo—. Se nota que la quisieron. Mire cómo se ven las bal­do­sas, señora casa; mire la pila. Al­guien la cuidó du­rante años. ¿Fueron ellas?

Silencio. Una co­rriente de aire tibio movió las cortinas.

—Fueron ellas —re­pi­tió Lolo—. Y usted las quiso. Las quiso mucho. Pero al­guien le enseñó que no debía quererlas. El cura, la fa­mi­lia del ha­cen­dado, los vecinos. Le di­je­ron que esas dos eran una ver­güenza, y usted se lo creyó, y desde en­ton­ces voltea el cuadro y le pone la puerta negra a todo el que le re­cuerde a ellas.

La casa crujió entera, de los ci­mien­tos a las tejas. En el re­ta­blo, una de las siete es­pa­das de lata se soltó y cayó al suelo con un ruido seco.

Lolo se quedó en la casona hasta que oscureció. Barrió el patio. Le contó a la casa cómo era el feudo del eu­ca­lipto, cómo olía la cocina de doña Fide, cómo can­ta­ban los noc­kers cuando arre­gla­ban algo. Le habló de su mamá, que lo lla­maba cada do­mingo a es­con­di­das del papá. Le habló del mu­cha­cho que le gus­taba, uno que re­par­tía do­mi­ci­lios en moto y que siem­pre le pedía las bolsas de la ca­cha­rre­ría sin mi­rarlo a los ojos. Le contó men­ti­ras tam­bién, porque era pooka y no podía evitarlo: que había sido cam­peón de tejo, que co­no­cía a Sha­kira, que su forma de animal era un jaguar. La casa, por pri­mera vez en mucho tiempo, se rio. Lolo lo supo porque la pila del patio, seca desde hacía años, dejó es­ca­par un cho­rrito de agua.

Cuando salió, la puerta de la casona era de color ama­ri­llo pollito.

—No le estoy di­ciendo que sí —le ad­vir­tió Lolo a doña Fide esa noche, en la tras­tienda—. Le estoy di­ciendo que me abrió una puertica. Hay que ir despacio.

—Des­pa­cio no te­ne­mos —dijo la vieja boggan, y señaló a Sebastián.

El sluagh estaba en un rincón, en­cor­vado sobre su cua­derno de nombres. Las pá­gi­nas se es­ta­ban borrando. No de golpe, sino de a po­qui­tos, como se borra la tinta vieja con la humedad. Los nom­bres de las per­so­nas que habían con­tado se­cre­tos bajo el eu­ca­lipto se iban des­va­ne­ciendo uno por uno, y con ellos algo se iba apa­gando en el barrio: Lolo lo sentía como se siente un cambio de clima en los huesos. Gente que de pronto dejaba de sa­lu­darse en la tienda. Niños que ya no ju­ga­ban en la plaza. Un frío de Ba­na­li­dad que avan­zaba desde el tronco cortado.

—Y eso no es todo —dijo Toño, el troll, que casi nunca ha­blaba—. Anoche, ha­ciendo la ronda en el par­que­a­dero, vi pasar las volquetas.

—¿Cuáles vol­que­tas?

—Las que van para el humedal. Pasan a las tres de la mañana, sin luces. Y no van llenas de es­com­bros, Lolo. Van llenas de algo que se mueve.

Capítulo 3

El Bobo que corría detrás del sueño.

Lolo no tenía cómo saber que, mien­tras él barría el patio de la casona, otra cria­tura de Bogotá se había des­per­tado de un sueño de se­tenta años.

Pasó en la Ochenta, a la altura de la es­ta­ción de Trans­mi­le­nio de la Granja, una noche de lluvia. Una señora que iba en el último ar­ti­cu­lado de la ruta lo vio pri­mero y no le dio importancia: un mu­cha­cho co­rriendo por el se­pa­ra­dor detrás del bus, con un ves­tido de paño viejo, una cor­bata tor­cida y un pa­quete de biz­co­chos bajo el brazo. Corría con una ale­gría ab­surda, como si llegar al bus fuera lo más im­por­tante del mundo y a la vez no im­por­tara en absoluto. La señora pensó que era un loco. Des­pués pensó que era un actor, de esos que hacen cosas raras para los videos de internet. Des­pués el bus ace­leró, y el mu­cha­cho ace­leró con él, y la señora se dio cuenta de que iban a se­senta ki­ló­me­tros por hora y él no se cansaba.

Se bajó en la si­guiente es­ta­ción con el co­ra­zón en la boca y no le contó a nadie, porque quién le iba a creer.

Un tranvía de sueño sobre la Ochenta
Un tranvía de sueño sobre la Ochenta

Las hadas sí lo vieron. Y lo re­co­no­cie­ron en­se­guida, porque en Bogotá todo el mundo ha oído hablar del Bobo del Tran­vía, aunque ya casi nadie se acuerde de quién era. El mu­cha­cho que corría detrás del tran­vía por la calle Octava con ca­rrera Décima, en el centro, en los años en que la ciudad to­da­vía tenía tranvías. Uno de esos per­so­na­jes que la gente de antes lla­maba «locos de Bogotá», como la Loca Mar­ga­rita, que se vestía de rojo, o el Negro Chivas, que miraba fijo el sol en la plaza de Las Nieves. Per­so­na­jes que la ciudad quiso a su manera, entre la burla y la ter­nura, y que des­pués olvidó.

Según la his­to­ria que con­ta­ban las abue­las, la her­mana del Bobo, can­sada de que él le es­pan­tara a los pre­ten­dien­tes, le pidió que se gas­tara el pasaje en biz­co­chos y que co­rriera detrás del tran­vía para acompañarla. Y él lo hizo, día tras día, feliz, hasta que el tran­vía dejó de pasar. Hasta el nueve de abril de 1948, cuando la ciudad ardió y los tran­vías también.

Lo que corría ahora por la Ochenta no era el Bobo, que había muerto hacía mucho, sino su qui­mera: el re­cuerdo co­lec­tivo de un mu­cha­cho alegre, hecho de cariño y de culpa, que la ciudad había soñado tantas veces que ter­minó co­brando forma en el Ensueño. Lle­vaba dé­ca­das dor­mido en algún rincón del centro, en un de­pó­sito de la me­mo­ria, y algo lo había despertado.

Lolo lo en­con­tró tres noches des­pués, gra­cias a la sátira, que se lla­maba Da­niela y que tenía una cuenta de TikTok donde subía videos de «cosas raras de Bogotá». Uno de sus se­gui­do­res había gra­bado al mu­cha­cho co­rriendo detrás de un SITP por la ave­nida Ciudad de Cali. En el video no se veía nada, solo luces y lluvia. Pero Da­niela, que tenía ojos de hada, le subió el brillo y lo vio clarito: el ves­tido de paño, los biz­co­chos, las pier­nas largas.

—Va para el oc­ci­dente —dijo—. Siem­pre para el occidente. Como si es­tu­viera per­si­guiendo algo que va para el aeropuerto.

Lo es­pe­ra­ron en el pa­ra­dero de la Ciudad de Cali con calle 72, una noche de jueves, con un pa­quete de biz­co­chos de la pa­na­de­ría de la esquina. Cuando el Bobo pasó co­rriendo detrás del bus, Lolo silbó y le mostró el paquete. El mu­cha­cho frenó en seco, como frenan los perros cuando oyen su nombre, y se acercó dando saltitos.

—¿Son de los de man­te­qui­lla? —preguntó. Su voz sonaba como una radio vieja, con estática.

—De los de man­te­qui­lla —mintió Lolo, que no tenía ni idea.

El Bobo se sentó en el andén, abrió el pa­quete con un cui­dado in­fi­nito y se comió un biz­co­cho en tres mordiscos. Des­pués miró a Lolo con unos ojos que eran dos ven­ta­ni­tas de tran­vía, ilu­mi­na­das por dentro.

—Mi her­mana se fue para allá —dijo, y señaló hacia el oc­ci­dente, hacia donde el cielo noc­turno bri­llaba ana­ran­jado con las luces del ae­ro­puerto—. Ella siem­pre se va y yo corro detrás. Pero ahora no es ella. Ahora es el río.

—¿El río?

—El río viene su­biendo —dijo el Bobo, muy serio, con la boca llena de migas—. El río viejo, el de antes de la ciudad. Viene su­biendo con el señor del sombrero. Y la señora que llora viene con él. Y la mano, la mano peluda, esa sale de los huecos. Yo los oigo desde el tranvía. Todos van para el humedal. Todos van para la puerta.

—¿Qué puerta?

Pero el Bobo ya se había levantado. Un bus azul del SITP pasó frente al pa­ra­dero, con las luces del in­te­rior en­cen­di­das y casi vacío, y el mu­cha­cho salió co­rriendo detrás de él con el pa­quete de biz­co­chos bajo el brazo, feliz, in­cre­í­ble­mente rápido, hasta per­derse en la lluvia.

Esa noche, de vuelta en la tras­tienda, Lolo ex­ten­dió sobre el mos­tra­dor un mapa viejo de Bogotá que la tía tenía en­ro­llado detrás de los baldes. Con un mar­ca­dor rojo fue se­ña­lando lo que sabía: la plaza fun­da­cio­nal, con el tronco cor­tado; la casona de las puer­tas; el río Bogotá, que los muis­cas lla­ma­ban Funza y que marca el borde oc­ci­den­tal de la lo­ca­li­dad; el hu­me­dal Ja­bo­que, que se estira como una ci­ca­triz verde entre los ba­rrios y el río; y, al sur, la mancha gris del ae­ro­puerto El Dorado.

—Todo está co­nec­tado —dijo, más para sí mismo que para los demás.

—Todo está co­nec­tado siem­pre, mijo —res­pon­dió doña Fide—. La pre­gunta es quién está ha­lando los hilos.

Doña Fide sacó de su ruana una hoja de eu­ca­lipto seca, la única que se había traído del feudo, y la puso encima del hu­me­dal Jaboque. La hoja se movió sola, des­pa­cio, como una aguja de brú­jula, hasta apun­tar hacia el aeropuerto.

—En el hu­me­dal vive gente que nos puede ayudar —dijo la vieja—. Pero no son hadas, y no les gusta que los vi­si­ten sin avisar. Son lobos.

—¿Lobos? En Bogotá no hay lobos, doña Fide.

—Ay, Lolo. Usted tam­poco es un jaguar, y mírese.

La hoja del eucalipto, sobre el mapa viejo de la tía, apunta hacia el aeropuerto
La hoja del eucalipto, sobre el mapa viejo de la tía, apunta hacia el aeropuerto

«Los cuen­tos tam­bién tienen dueño, mijo.»

Jaboque, tierra de abundancia, a las cinco de la mañana
Parte II

El humedal.

Jaboque, tierra de abundancia, a las cinco de la mañana
Capítulo 4

La tingua y el caern.

A Julián Ayala le decían el Chulo desde el co­le­gio, porque era flaco, de cuello largo, vestía siem­pre de negro y tenía la mala cos­tum­bre de apa­re­cerse donde había problemas. Tenía vein­ti­trés años, una moto de se­gunda que había pagado a cuotas y una maleta tér­mica de do­mi­ci­lios a la espalda. Y desde los quince sabía que era un garou: un hombre lobo, hijo de una tribu que los libros llaman Ro­e­do­res de Huesos, la de los lobos de la calle, los de los ba­rrios, los que comen de la basura y de­fien­den a los que nadie defiende.

En Bogotá no hay lobos, eso es verdad. Pero hay garou, y siem­pre los ha habido, porque los garou no son ani­ma­les sino gue­rre­ros de Gaia, la madre tierra, y donde hay tierra que de­fen­der aparecen. Julián se trans­for­maba pocas veces, y siem­pre de noche, lejos de la gente. Su forma de ba­ta­lla, la Crinos, era una bestia de dos metros y medio, de pelo negro y crespo, con unas orejas enor­mes que, según él, eran lo único que había he­re­dado de su papá. Cuando la Rabia le subía, los Dur­mien­tes que lo veían su­frían el Delirio: ol­vi­da­ban lo que habían visto, o lo re­cor­da­ban como un perro grande, un atraco o una pesadilla.

Esa ma­dru­gada de enero, Julián no estaba de domicilios. Estaba sen­tado en una piedra a la orilla del Ja­bo­que, con los pies en el barro, viendo ama­ne­cer sobre el hu­me­dal, porque doña Ro­salba lo había man­dado llamar.

El Ja­bo­que a esa hora es otra cosa. Los buses de la Ochenta to­da­vía no hacen ruido, las casas de la­dri­llo de Villa Te­re­sita y San José Obrero apenas tienen las luces de las co­ci­nas en­cen­di­das, y sobre el agua quieta se le­vanta una ne­blina blanca que tapa los juncos. Se oyen los pá­ja­ros antes de verlos: las garzas que se pelean, las mon­ji­tas, los patos, y de pronto ese grito raro, como una risa aho­gada, que es la tingua bo­go­tana lla­mando a su pareja. Los muis­cas, que lla­ma­ban a este lugar «tierra de abun­dan­cia», pes­ca­ban aquí, ca­za­ban aquí, se inun­da­ban aquí cada vez que el río se crecía. Debajo de esa ne­blina, Julián lo sabía, había más de mil años de gente que­riendo este pedazo de agua.

Y debajo de todo eso estaba el caern.

Un caern es un lugar sa­grado para los garou, un sitio donde el mundo de los es­pí­ri­tus, la Umbra, está tan cerca del mundo físico que se puede tocar. Los hay en las mon­ta­ñas, en los bos­ques, en los desiertos. El caern del Ja­bo­que era pe­queño y hu­milde, como casi todo en Engativá: un cír­culo de juncos en un rincón del hu­me­dal, cerca del río, donde el agua nunca se secaba ni en verano. Los garou de la zona lo lla­ma­ban el Caern de la Tingua, porque su tótem, el es­pí­ritu pro­tec­tor, era una tingua de pico rojo que solo se dejaba ver al amanecer.

—Llegó tarde, mijo —dijo doña Ro­salba, sa­liendo de la neblina.

Ro­salba Tin­jacá tenía se­tenta y dos años y ca­mi­naba con bastón, pero Julián la había visto par­tirle el es­pi­nazo a un fomori con ese mismo bastón. Era una garou de la tribu Uktena, los guar­dia­nes de los se­cre­tos an­ti­guos, y era la guar­diana del caern desde antes de que exis­tie­ran los ba­rrios que lo rodeaban. Había sido la­van­dera en el río cuando era niña, cuando el agua to­da­vía era clara y las mu­je­res ex­ten­dían la ropa sobre el pasto. Ahora era la que or­ga­ni­zaba las jor­na­das de lim­pieza del hu­me­dal con la junta de acción co­mu­nal, la que re­ga­ñaba a los que bo­ta­ban col­cho­nes al agua y la que les en­se­ñaba a los niños del co­le­gio a re­co­no­cer las aves.

—Me dijo a las cinco, doña Rosa. Son las cinco y cuatro.

—Pues tarde. Siéntese.

Se sen­ta­ron juntos en la piedra. Doña Ro­salba sacó un termo de tinto y dos po­ci­llos de peltre. Se que­da­ron un rato en si­len­cio, oyendo a los pájaros.

—¿Usted ha visto las vol­que­tas? —pre­guntó por fin la vieja.

—¿Las de los es­com­bros? Claro. Pasan todas las noches por la calle de atrás. El barrio ya puso como tres denuncias.

—No son es­com­bros, mijo.

Doña Ro­salba se le­vantó, se apoyó en el bastón y echó a andar hacia el borde del hu­me­dal, donde la ne­blina se ponía gris y el pasto daba paso a una franja de tierra re­mo­vida, llena de la­dri­llos rotos, va­ri­llas, bolsas plás­ti­cas y llan­tas viejas. Era el relleno. El mismo re­lleno que lle­vaba se­senta años co­mién­dose el Ja­bo­que de a poquito: pri­mero con las obras del ae­ro­puerto y de la ave­nida El Dorado, entre 1948 y 1958, que le cor­ta­ron un brazo entero al hu­me­dal; des­pués con las fincas, con las ur­ba­ni­za­cio­nes, con los ba­rrios que la gente le­vantó con sus manos porque no tenía dónde vivir. Julián había cre­cido viendo cómo el agua re­tro­ce­día y el la­dri­llo avanzaba.

Pero ese re­lleno era distinto. Julián lo olió antes de verlo. Era un olor dulce, en­fermo, a fruta po­drida y a aceite quemado. Un olor que todo garou conoce desde el primer día, porque es el olor de su enemigo: el Wyrm, la fuerza de la co­rrup­ción, de la des­truc­ción sin sen­tido, la que con­vierte los ríos en clo­a­cas y la gente en monstruos.

—Mire —dijo doña Ro­salba, y le señaló un charco entre los escombros.

El agua del charco era negra y espesa, y se movía sola. De pronto, de la su­per­fi­cie salió una mano. Una mano peluda, enorme, el doble de una mano normal, con uñas largas y amarillas. Tanteó el borde del charco, agarró un la­dri­llo, lo apretó hasta vol­verlo polvo y se volvió a hundir, des­pa­cio, como un animal que vuelve a su madriguera.

Julián sintió que la Rabia le subía por la es­palda como agua hirviendo.

—Tran­quilo —dijo doña Ro­salba, po­nién­dole el bastón en el pecho—. Tranquilo. Si se trans­forma aquí, me es­panta a la tingua.

Esa noche, Julián siguió a las volquetas.

No en la moto, que hacía de­ma­siado ruido, sino a pie, en su forma de lobo, la Lupus. Un perro negro y grande, de los que hay a mon­to­nes en los po­tre­ros del oc­ci­dente de Bogotá, que nadie miraba dos veces. Las vol­que­tas sa­lie­ron a las tres de la mañana de un patio ce­rrado, sobre la ave­nida Ciudad de Cali, sin luces y sin placas visibles. Eran seis. En las puer­tas tenían un lo­go­tipo pe­queño, casi borrado: Re­lle­nos y Ade­cua­cio­nes La Sabana S.A.S.

Las siguió por calles de tierra, por detrás de los con­jun­tos re­si­den­cia­les, hasta un portón de lata que daba a la orilla del humedal. Allí, unos hom­bres con ove­ro­les grises y ta­pa­bo­cas des­car­ga­ban el con­te­nido de las vol­que­tas di­rec­ta­mente sobre el agua. Julián se acercó entre los juncos, con el hocico pegado al suelo. Los hom­bres no ha­bla­ban, no fu­ma­ban, no mi­ra­ban el celular. Se movían como máquinas. Y cuando uno de ellos se quitó el ta­pa­bo­cas para es­cu­pir, Julián vio que tenía la boca llena de dien­tes de más, dien­tes pe­que­ños y negros que le cre­cían hasta el paladar.

Fomori. Per­so­nas que le han abierto el cuerpo al Wyrm y se han dejado ha­bi­tar por una Perdición. Casi siem­pre tra­ba­jan para Pentex, la gran em­presa del Wyrm, que tiene cien­tos de fi­lia­les con nom­bres abu­rri­dos en todo el mundo: pe­tro­le­ras, far­ma­céu­ti­cas, em­pre­sas de aseo. Re­lle­nos y Ade­cua­cio­nes La Sabana S.A.S. tenía toda la pinta de ser una de esas.

Julián contó a los fomori: ocho. De­ma­sia­dos para un solo garou, aunque fuera un Roedor de Huesos con mucha rabia acumulada. Se quedó quieto, apren­dién­dose las caras, los ho­ra­rios y el número del portón.

Y en­ton­ces oyó el llanto.

Capítulo 5

Lavanderas.

Venía del norte, de donde el hu­me­dal se acerca al río Juan Amarillo. Era un llanto largo, des­ga­rra­dor, que subía y bajaba como el viento. Los fomori lo oyeron tam­bién y se de­tu­vie­ron por pri­mera vez. Uno de ellos dejó caer la pala. Otro se tapó los oídos con las manos. Y Julián, que en su forma de lobo tenía un oído mucho más fino que el de cual­quier humano, sintió que se le eri­zaba todo el pelo del lomo.

La señora que llora junto al Juan Amarillo
La señora que llora junto al Juan Amarillo

Dejó a los fomori y siguió el llanto a través de la neblina. Pasó por debajo de una cerca de alam­bre, cruzó un po­trero donde dor­mían dos ca­ba­llos de zo­rrero y llegó a la orilla de un canal de agua oscura que olía a jabón y a alcantarilla. Allí, sen­tada en una piedra, con los pies en el agua, había una mujer.

Era flaca y alta, con un ves­tido largo que alguna vez fue blanco y un ca­be­llo negro que le lle­gaba hasta la cin­tura y se le metía en el agua. Llo­raba con la cara entre las manos. A su lado había una batea de madera, de esas que usaban las la­van­de­ras antes, y encima de la batea, un bulto en­vuelto en una sábana.

Julián volvió a su forma humana, des­pa­cio, para no asustarla. Se quedó en cu­cli­llas a unos metros, des­nudo y tem­blando de frío, porque cuando un garou cambia de forma la ropa no viene con él.

—Señora —dijo—. Señora, ¿usted está bien?

La mujer dejó de llorar. Le­vantó la cara. No tenía rostro: solo una sombra, un hueco oscuro donde debía haber unos ojos y una boca. Pero Julián no tuvo miedo. Tuvo algo peor: tuvo lástima.

—Yo no soy de aquí —dijo la mujer, con una voz que sonaba como agua co­rriendo sobre pie­dras—. Yo soy del Tolima. De Natagaima. Me tra­je­ron en un camión en el ochenta y cinco, con mis hijos y una gallina. Mi marido se quedó allá. Yo lavaba ropa en el Mag­da­lena y aquí tam­bién lavé ropa, en el Juan Ama­ri­llo, cuando el agua to­da­vía servía para algo. Yo no maté a nadie, joven. Eso dicen de mí, que yo maté a mi hijo y que por eso lloro, pero no es verdad. A mi hijo me lo mataron. Y a otros hijos de otras. Y yo lloro por todos.

Julián tragó saliva.

—¿Usted es la Llo­rona?

—Soy una de ellas. Hay muchas. Cada pueblo trae la suya. —La mujer aca­ri­ció el bulto de la batea—. En An­tio­quia me dicen María Pardo; en Nariño, Tarumama. Aquí lle­ga­mos varias. Nos tra­je­ron en las ma­le­tas, en las can­cio­nes, en los cuen­tos que las mamás les con­ta­ban a los hijos para que no se acer­ca­ran al río de noche. Y aquí nos que­da­mos, en los hu­me­da­les, porque los hu­me­da­les se pa­re­cen a los ríos de allá.

—¿Y qué hace aquí esta noche? —pre­guntó Julián.

La Llo­rona señaló hacia el oc­ci­dente, hacia el río Bogotá, que corría oscuro y lento al otro lado de los potreros.

—Es­pe­rando al viejo —dijo—. Al señor del río. Viene su­biendo desde el Salto, desde el Mag­da­lena, desde muy lejos. Hace años que no sube hasta aquí, porque el Funza está muy en­fermo y le duele. Pero ahora viene. Algo lo llamó.

—¿El Mohán?

La mujer no contestó. Se volvió hacia el agua y empezó a lavar el bulto de la sábana, des­pa­cio, con una ter­nura in­fi­nita, fro­tán­dolo contra la batea como se frota la ropa de un niño. Y Julián vio que dentro de la sábana no había ningún niño muerto, como dicen los cuen­tos, sino barro. Barro del hu­me­dal, negro y lleno de basura, que la mujer lavaba y lavaba hasta de­jarlo limpio. Cada vez que fro­taba, el agua del canal se acla­raba un poquito.

—Dígale a la vieja Ro­salba —dijo la Llo­rona sin mi­rarlo— que las la­van­de­ras volvimos. Que no vamos a dejar que nos tapen el agua otra vez.

Cuando Julián le contó todo a doña Ro­salba, al ama­ne­cer, en la piedra del caern, la vieja se quedó ca­llada un rato largo. Des­pués sacó del bol­si­llo de la ruana un tabaco en­vuelto en hoja de plá­tano, lo en­cen­dió con un fós­foro y le dio tres ca­la­das largas, echando el humo hacia los cuatro puntos cardinales.

—Mi abuela era la­van­dera en este río —dijo—. Y la abuela de ella. Las la­van­de­ras de la Sabana, les decían. Ba­ja­ban con las bateas al Funza, ex­ten­dían la ropa en el pasto y cantaban. Y cuando el río se crecía, le de­ja­ban tabaco en las pie­dras al viejo para que no se las llevara. —Hizo una pausa—. Usted sabe cómo se lla­maba el río, ¿cierto, mijo?

—Funza.

—Funza. Varón po­de­roso, quiere decir. —Doña Ro­salba miró hacia el oc­ci­dente, donde el río Bogotá corría detrás de los po­tre­ros, gris, lento, oliendo a todo lo que la ciudad le echaba encima—. Mírelo ahora. Ya no le queda nada de poderoso. Le echan los qu­í­mi­cos de las cur­tiem­bres de arriba, las fá­bri­cas, las aguas negras de toda la ciudad. Cuando llega al Salto ya está muerto. Y el Mohán vive en ese río. O vivía.

Capítulo 6

El Mohán sube por el Funza.

El Mohán llegó la noche del pri­mero de fe­brero, con la luna llena.

Julián lo esperó en la orilla del río Bogotá, donde el Ja­bo­que casi toca el cauce, junto con doña Ro­salba y otros tres garou de la manada: Ye­se­nia, una Hija de Gaia que tra­ba­jaba de en­fer­mera en el hos­pi­tal de En­ga­tivá; el Mono Pa­checo, un Roedor de Huesos como él, me­cá­nico de motos, con más ta­tua­jes que piel; y Camila, una Furia Negra muy joven, una de esas lobas de la tribu que solo acepta mu­je­res y que pro­tege los lu­ga­res sal­va­jes, con una cha­queta de cuero y una pa­cien­cia muy corta.

Lle­va­ban ofren­das, porque así se recibe al Mohán: tabaco, aguar­diente, una totuma de chicha que Ye­se­nia había con­se­guido en una tienda de la Per­se­ve­ran­cia, y un es­pe­jito, porque a los es­pí­ri­tus del agua les gustan las cosas que brillan.

El sombrero del Mohán sobre el agua del Funza
El sombrero del Mohán sobre el agua del Funza

Pri­mero llegó el olor: a tabaco, a monte mojado, a pes­cado fresco. Des­pués el río se quedó quieto, com­ple­ta­mente quieto, como si al­guien le hu­biera puesto un vidrio encima. Y des­pués, en la mitad del cauce, donde el agua era más oscura, empezó a subir un sombrero.

Era un som­brero enorme, de paja, de ala ancha, de esos que usan los pes­ca­do­res del Magdalena. Debajo del som­brero subió una cabeza llena de pelo, una barba lar­gu­í­sima, en­re­dada con algas y con bolsas plás­ti­cas, unos hom­bros cu­bier­tos de barro y dos ojos rojos que bri­lla­ban como brasas. No tenía cara, o la tenía tan cu­bierta de pelo y de barro que no se le veía. Era grande, más grande que un garou en Crinos, y cuando ter­minó de salir del agua se sentó en la orilla con un gru­ñido largo, como de animal viejo.

—Buenas noches, abuelo —dijo doña Ro­salba, y le ofre­ció el tabaco con las dos manos.

El Mohán lo agarró, lo olió, lo en­cen­dió sin fós­foro, solo so­plán­dole encima, y le dio una calada tan larga que el tabaco se con­su­mió entero en un segundo. Des­pués se tomó la bo­te­lla de aguar­diente de un trago. Des­pués se quedó mi­rando el es­pe­jito du­rante mucho tiempo.

—Estoy viejo —dijo por fin, y su voz sonaba como una cre­ciente—. Estoy viejo y en­fermo, Rosalba. Me duelen las piedras. Me arden los peces. Ya no puedo subir más allá del Salto sin que se me caiga la barba a pedazos. Us­te­des me en­ve­ne­na­ron el agua.

—No­so­tros no, abuelo.

—Us­te­des, los de la ciudad. Todos. —El Mohán es­cu­pió al río, y el es­cu­pi­tajo hizo un hueco que tardó en ce­rrarse—. Pero no vine a pelear. Vine porque me llamaron. Se cayó el árbol grande, el del pueblo, y yo lo sentí desde el Tequendama. Ese árbol era una de las puer­tas, y cuando se cae una puerta se abren las otras.

—¿Qué puer­tas? —pre­guntó Julián, sin poder aguantarse.

El Mohán lo miró con sus ojos de brasa. Julián sintió que lo estaba pe­sando, como se pesa un pescado.

—Este ca­cho­rro no sabe nada, Rosalba.

—Es joven, abuelo. Explíquele.

En­ton­ces el Mohán les contó la his­to­ria de las puertas. La contó a su manera, como cuen­tan los viejos del río, sal­tando de un tiempo a otro y mez­clando lo que pasó con lo que debió pasar.

Les dijo que antes de que exis­tiera Bogotá, cuando la sabana era un lago enorme, los dioses de la gente de aquí se pelearon. Que Chib­cha­cum, el dios de la lluvia y el patrón de Bacatá, se enojó con la gente y le mandó una inun­da­ción tan grande que cubrió toda la sabana. Que la gente le rezó a Bo­chica, el sabio de barba blanca que había lle­gado del oriente para en­se­ñar­les a tejer y a sem­brar, y que Bo­chica golpeó la roca con su bastón y abrió el Salto del Te­quen­dama para que el agua se fuera. Que como cas­tigo, Chib­cha­cum quedó con­de­nado a cargar la tierra sobre los hom­bros, y que cuando se cansa y se la cambia de hombro, la tierra tiembla.

—Y Hui­taca —dijo el Mohán, y por pri­mera vez su voz se volvió suave—. Hui­taca, la que enseñó a bailar. La que les dijo a las mu­je­res y a los hom­bres que podían gozar, que podían querer a quien qui­sie­ran, que la vida no era solo tra­bajo y obediencia. Bo­chica la odiaba, porque ella des­ha­cía todo lo que él enseñaba. Y la castigó. La volvió lechuza. Una le­chuza blanca que vuela de noche.

—¿Y qué tiene que ver eso con el hu­me­dal? —pre­guntó Camila, la Furia Negra, que no tenía pa­cien­cia para los cuentos.

—Todo, niña. Todo. Cuando Bo­chica secó la sabana, no la secó entera. Dejó charcos. Los hu­me­da­les son lo que quedó del lago, ¿no lo sabían? Y en esos char­cos que­da­ron las puertas: los lu­ga­res donde to­da­vía se puede pasar de un lado al otro, del mundo de us­te­des al mundo de los es­pí­ri­tus, al mundo de los sueños. El árbol del pueblo era una puerta. El Ja­bo­que es otra. Hay otras más: en Santa María del Lago, en el Juan Ama­ri­llo, en los po­tre­ros donde ahora ate­rri­zan los aviones. La gente de antes las cuidaba. Ahora al­guien las está ce­rrando, una por una.

—Las vol­que­tas —dijo Julián.

—Las vol­que­tas son lo de menos. —El Mohán se le­vantó, enorme, cho­rre­ando agua negra—. Las vol­que­tas son las manos. Bus­quen la cabeza. La cabeza está en el ae­ro­puerto, donde bri­llan las luces. Allá hay gente que quiere que la sabana sea solo pista, solo ce­mento, solo números. Y hay otra gente, peor, que quiere que sea podredumbre. Las dos se están ayu­dando sin saberlo.

Volvió a me­terse al río. El agua se lo tragó des­pa­cio, pri­mero los hom­bros, des­pués la barba, des­pués el sombrero.

—Y cui­dado con la de un solo pie —dijo antes de de­sa­pa­re­cer—. Anda suelta por los po­tre­ros del ae­ro­puerto, y está muy brava.

La de un solo pie apa­re­ció tres noches después.

Julián la vio desde la moto, cuando volvía de un do­mi­ci­lio en Álamos, por la ave­nida que bordea la cerca del aeropuerto. Pri­mero vio la huella: una sola huella de pie des­calzo, enorme, mar­cada en el barro del se­pa­ra­dor, y luego otra, y otra, a saltos de tres metros, sin pareja. Des­pués vio, entre los eu­ca­lip­tos que crecen junto a la malla del ae­ro­puerto, una figura de mujer al­tí­sima, con el ca­be­llo en­ma­ra­ñado hasta los to­bi­llos, que sal­taba sobre una sola pierna con una ve­lo­ci­dad imposible. Lle­vaba algo aga­rrado de la mano: un hombre con overol gris que gri­taba y pataleaba.

Era uno de los fomori de las volquetas.

Julián frenó, dejó la moto contra la malla y corrió. Cuando llegó al po­trero, la mujer de un solo pie había sol­tado al fomori, que yacía en el pasto tem­blando, con la boca llena de barro y de dien­tes negros. Ella estaba parada sobre su única pierna, in­mó­vil como una garza, mirándolo. Tenía unos ojos enor­mes y una boca enorme, y Julián, que había visto muchas cosas, sintió que la Rabia se le en­co­gía de miedo por pri­mera vez en su vida.

—Ese es de los que tapan el agua —dijo la Pa­ta­sola, con una voz como de hojas secas—. Ese es de los que se llevan a los niños. A mí me qui­ta­ron a los míos. Yo no dejo que les quiten los suyos a otras.

—No lo mate —dijo Julián, y no supo bien por qué lo dijo.

La Pa­ta­sola lo miró du­rante un rato muy largo. Des­pués se agachó sobre el fomori, le arrancó del cuello una placa me­tá­lica con el lo­go­tipo de la em­presa y se la tiró a Julián.

—Llé­ve­selo a la vieja —dijo—. Que vea para quién trabajan. Y dígale que si las lobas no cuidan el agua, la cui­da­mos nosotras.

Y se fue sal­tando entre los eu­ca­lip­tos, hacia el oc­ci­dente, hacia donde bri­lla­ban las luces de la pista.

La placa que Julián le llevó a doña Ro­salba esa ma­dru­gada tenía dos lo­go­ti­pos gra­ba­dos, uno encima del otro. El de Re­lle­nos y Ade­cua­cio­nes La Sabana S.A.S., y debajo, más pe­queño, uno que nin­guno de los garou de la manada conocía: un sol ge­o­mé­trico, de líneas per­fec­tas, en­ce­rrado en un cír­culo, con unas letras fi­ní­si­mas alrededor.

Ini­cia­tiva El Dorado · Ges­tión de Riesgo Te­rri­to­rial · Con­sor­cio Aeroportuario.

—Esto no es del Wyrm —dijo el Mono Pa­checo, dán­dole vuel­tas a la placa entre los dedos gra­sien­tos—. Esto es de­ma­siado limpio. Esto huele a la Tejedora.

En la cos­mo­lo­gía de los garou, el mundo lo sos­tie­nen tres fuerzas. El Wyld, que crea, que es caos y vida salvaje. La Te­je­dora, que ordena, que cons­truye, que le pone nombre y forma a las cosas. Y el Wyrm, que des­truye, que al prin­ci­pio era ne­ce­sa­rio para que las cosas viejas de­ja­ran lugar a las nuevas y que ahora está loco y lo co­rrompe todo. La Te­je­dora tam­poco está muy cuerda: quiere que todo sea red, ce­mento, estadística. Y donde la Te­je­dora teje de­ma­siado, el Wyrm en­cuen­tra grie­tas para meterse.

—Las dos se están ayu­dando sin sa­berlo —re­pi­tió doña Ro­salba, ci­tando al Mohán—. La cabeza está en el aeropuerto.

—¿Y qué ha­ce­mos? —pre­guntó Camila—. ¿Nos me­te­mos al ae­ro­puerto a romper cosas? Eso está lleno de po­li­cías, de cá­ma­ras, de militares.

—No. —Doña Ro­salba apagó el tabaco contra la piedra—. Para el ae­ro­puerto ne­ce­si­ta­mos a al­guien que en­tienda cómo pien­san los que tejen. Al­guien que hable su idioma. Y yo co­nozco a una, aunque no me cae muy bien.

—¿Quién?

—La yer­ba­tera de Las Ferias. La que vende ruda y ca­lén­dula en la plaza. Esa mu­cha­cha es maga.

La placa del fomori: dos logotipos, uno encima del otro
La placa del fomori: dos logotipos, uno encima del otro

«La cabeza está en el ae­ro­puerto, donde bri­llan las luces.»

La balsa dorada y las luces de la pista, vistas desde el Ensueño
Parte III

La Puerta del Sol.

La balsa dorada y las luces de la pista, vistas desde el Ensueño
Capítulo 7

La yerbatera de Las Ferias.

En el puesto número cua­renta y siete de la plaza de mer­cado de Las Ferias, entre un señor que vende queso cam­pe­sino y una señora que vende ta­ma­les to­li­men­ses los do­min­gos, está el puesto de Va­len­tina Chaparro. Tiene un le­trero pin­tado a mano que dice Yerbas y Re­me­dios Doña Ofelia, aunque doña Ofelia, la abuela de Va­len­tina, murió hace cuatro años. Va­len­tina nunca quiso cambiarlo.

Venden ruda para la buena suerte, ca­lén­dula para las he­ri­das, man­za­ni­lla para los có­li­cos, eu­ca­lipto para la tos, to­ron­jil para los ner­vios y paico para los pa­rá­si­tos, que to­da­vía hay gente que lo pide. Venden velas de co­lo­res, esen­cias en fras­qui­tos y unos sobres de papel con mez­clas que la abuela in­ventó y que Va­len­tina pre­para cada noche en su cocina, si­guiendo un cua­derno es­crito con letra de ma­es­tra rural: Para el mal de ojo. Para que vuelva. Para que se vaya. Para dormir sin soñar.

Va­len­tina tenía vein­ti­nueve años, una trenza larga que le lle­gaba a la cin­tura, las uñas siem­pre verdes de tanto ma­ni­pu­lar hojas y una ci­ca­triz en la ceja iz­quierda que se había ganado a los die­ci­séis, el día que salió de su casa en Na­ta­gaima con una maleta y un nombre nuevo. Su mamá no la había vuelto a llamar. Su abuela sí. Su abuela fue la que la re­ci­bió en Bogotá, en el apar­ta­men­tico de Las Ferias, la que le dijo mija desde el primer día sin equi­vo­carse ni una sola vez, la que le enseñó a dis­tin­guir la ruda macho de la ruda hembra y a rezar el Mag­ni­fi­cat al revés para cortar las malas energías.

Y fue con su abuela, en ese apar­ta­mento, una noche de lluvia, cuando Va­len­tina Despertó.

No hubo rayos ni visiones. La abuela estaba en­ferma, muy en­ferma, con los pul­mo­nes llenos de agua, y Va­len­tina estaba pre­pa­rando un em­plasto de eu­ca­lipto y mos­taza como decía el cuaderno. Y de pronto, mien­tras ma­cha­caba las hojas, entendió. No supo qué en­ten­dió, pero entendió: que las hojas sabían lo que tenían que hacer, que el eu­ca­lipto quería abrir los pul­mo­nes de su abuela, que bas­taba con pe­dír­selo bien. Le puso el em­plasto, le cantó lo que la abuela le había en­se­ñado, y esa noche la abuela res­piró tran­quila por pri­mera vez en semanas. Vivió dos años más.

Los magos de la Tra­di­ción de la Ver­bena la en­con­tra­ron poco después. Una señora de Suba, otra de Bosa y un señor muy viejo de Usme, todos yer­ba­te­ros, todos con el mismo brillo en la mirada. Le ex­pli­ca­ron que lo que ella tenía era un Avatar des­pierto, una chispa de con­cien­cia capaz de cam­biar la re­a­li­dad, y que su manera de ha­cerlo, su pa­ra­digma, era el de las plan­tas, la sangre y los ciclos de la vida. Le ex­pli­ca­ron tam­bién lo de la Paradoja: que si la magia se hacía de forma de­ma­siado evi­dente, de­ma­siado im­po­si­ble a los ojos de la gente común, la re­a­li­dad se de­fen­día, y el cas­tigo podía ser terrible. Por eso Va­len­tina hacía su magia como la hacía su abuela: en los re­me­dios, en los rezos, en las cosas que la gente ya creía posibles.

Esa mañana de fe­brero, cuando doña Ro­salba Tin­jacá llegó al puesto cua­renta y siete con su bastón y su ruana, Va­len­tina la re­co­no­ció enseguida. Las dos se habían visto antes, en reu­nio­nes de la junta del hu­me­dal, y no se habían caído bien. Doña Ro­salba pen­saba que los magos eran unos arro­gan­tes que creían que el mundo era suyo para cam­biarlo a su antojo. Va­len­tina pen­saba que los garou eran unos brutos que lo re­sol­vían todo a mordiscos.

—Ne­ce­sito que me ayude, mija —dijo doña Ro­salba, sin saludar.

—Buenos días, doña Rosa. ¿Qué ne­ce­sita? ¿Ruda? ¿Romero para las ro­di­llas?

—Ne­ce­sito que se meta al aeropuerto.

La lechuza blanca de El Cortijo
La lechuza blanca de El Cortijo

Va­len­tina no dijo nada. Le sirvió un tinto en un vaso de icopor y la es­cu­chó mien­tras le con­taba lo de las vol­que­tas, lo del Mohán, lo de la Pa­ta­sola y lo de la placa con el sol geométrico. Cuando doña Ro­salba ter­minó, Va­len­tina sacó de debajo del mos­tra­dor una pluma blanca, larga y suave, y la puso sobre las hierbas.

—Esto me lo tra­je­ron hace una semana —dijo—. Lo en­con­tré en la ven­tana de la cocina, a las tres de la mañana. La dejó una le­chuza blanca.

—¿La bruja del Cor­tijo?

—Eso dicen los vecinos. Que en el Cor­tijo, por los par­ques de los con­jun­tos, anda una bruja que se vuelve perro negro o lechuza. —Va­len­tina aca­ri­ció la pluma—. Yo creo que es otra cosa. Yo creo que es Huitaca.

Esa tarde, Va­len­tina cerró el puesto tem­prano y fue al hu­me­dal Santa María del Lago.

Santa María del Lago es el hu­me­dal más pe­queño y más cui­dado de En­ga­tivá, ro­de­ado de edi­fi­cios de apar­ta­men­tos, no muy lejos de la ave­nida Boyacá y de la Ochenta. Tiene sen­de­ros, un aula am­bien­tal, le­tre­ros que ex­pli­can las aves y una cerca de malla. Pero tiene tam­bién una his­to­ria larga de manos que lo qui­sie­ron vender: lo re­ma­ta­ron en 1911, un ex­pre­si­dente compró parte de sus tie­rras en 1936, y du­rante dé­ca­das lo usaron como bo­ta­dero de es­com­bros, hasta que en los años no­venta los ve­ci­nos y una fun­da­ción lo de­fen­die­ron y la Corte Cons­ti­tu­cio­nal dijo que era de todos.

Para Va­len­tina, Santa María del Lago era algo más. Era un Nodo: uno de esos lu­ga­res donde la Quin­ta­e­sen­cia, la ener­gía pri­mor­dial que ali­menta la magia, brota de la tierra como el agua de un manantial. Los magos de la Ver­bena de Bogotá lo usaban desde hacía dé­ca­das, con dis­cre­ción, para re­car­gar sus ta­lis­ma­nes y hacer los ri­tua­les grandes. Allí la habían ini­ciado sus maestros. Allí se sen­taba cuando ne­ce­si­taba pensar.

Esa tarde, el Nodo estaba casi seco.

Va­len­tina lo sintió apenas cruzó la portería. El aire, que nor­mal­mente le zum­baba en la piel como un en­jam­bre de abejas, estaba quieto. Las plan­tas de la orilla, que ella sentía siem­pre como una con­ver­sa­ción de ve­ci­nas, es­ta­ban calladas. Caminó hasta el centro del sen­dero, hasta el punto donde la Quin­ta­e­sen­cia bro­taba con más fuerza, se arro­di­lló en la tierra, cerró los ojos y ex­ten­dió su per­cep­ción, como le habían en­se­ñado, usando la Esfera de Car­di­nal, la que per­mite sentir el flujo de esa ener­gía primordial.

La Quin­ta­e­sen­cia del Nodo estaba sa­liendo, pero no hacia arriba, como siem­pre, sino de lado. Hacia el suroccidente. Por debajo de la tierra, en hilos fi­ní­si­mos y per­fec­ta­mente rectos, como cables de fibra óptica, la ener­gía del hu­me­dal se iba dre­nando hacia un único punto.

Va­len­tina abrió los ojos. No le hizo falta un mapa para saber hacia dónde apun­ta­ban esos hilos.

Hacia el ae­ro­puerto El Dorado.

Capítulo 8

Iniciativa El Dorado.

La in­ge­niera Paula Ren­gifo llegó a la reu­nión con diez mi­nu­tos de an­ti­ci­pa­ción, como siem­pre, con un por­tá­til, una car­peta de ar­go­llas y una taza tér­mica de café de origen. Tenía treinta y ocho años, un pos­grado en ges­tión de ries­gos en una uni­ver­si­dad ex­tran­jera, un apar­ta­mento en Ciudad Sa­li­tre con vista a las pistas y una manera de hablar que hacía que la gente de las juntas de acción co­mu­nal se sin­tiera pequeña. No era a propósito. Sim­ple­mente no sabía hablar de otra manera.

Tablero de la Iniciativa El Dorado: el humedal convertido en un mapa de anomalías
Tablero de la Iniciativa El Dorado: el humedal convertido en un mapa de anomalías

La reu­nión era en un salón de la casa de la cul­tura del barrio, con sillas plás­ti­cas y un vi­de­o­beam que no fun­cio­naba bien. Paula re­pre­sen­taba al con­sor­cio de la Ini­cia­tiva El Dorado, un pro­yecto de «ges­tión de riesgo te­rri­to­rial» aso­ciado a la am­plia­ción del aeropuerto. En las dia­po­si­ti­vas, que tuvo que pro­yec­tar desde el ce­lu­lar, había mapas, grá­fi­cas, por­cen­ta­jes de ocu­pa­ción de la ronda del hu­me­dal, curvas de inun­da­ción, tasas de se­di­men­ta­ción y una pa­la­bra que se re­pe­tía en cada página: es­ta­bi­li­za­ción.

Lo que Paula no decía, porque no podía de­cirlo ahí, era que tra­ba­jaba para el Sindicato.

El Sin­di­cato es una de las cinco Con­ven­cio­nes de la Tec­no­cra­cia, la gran or­ga­ni­za­ción de magos que cree, o dice creer, que la re­a­li­dad debe ser una sola, me­di­ble, pre­de­ci­ble y segura para todos. El Sin­di­cato se ocupa del dinero, de los con­tra­tos, de las li­cen­cias, de la economía: la magia más po­de­rosa del mundo mo­derno, aunque casi nadie la llame magia. Paula había Des­per­tado a los vein­ti­cua­tro años, en una sala de juntas, mi­rando una hoja de cál­culo, cuando en­ten­dió de golpe que el valor de las cosas no estaba en las cosas, sino en lo que la gente acor­daba que valían. Desde en­ton­ces su pa­ra­digma era ese: la re­a­li­dad es un acuerdo, un con­trato, y quien re­dacta el con­trato decide qué es real.

La Ini­cia­tiva El Dorado era su pro­yecto más ambicioso. Con­sis­tía en algo muy sen­ci­llo de ex­pli­car y muy di­fí­cil de hacer: con­ver­tir el oc­ci­dente de Bogotá, con sus hu­me­da­les, sus po­tre­ros, sus ba­rrios y sus le­yen­das, en un te­rri­to­rio es­ta­ble. Sin anomalías. Sin inun­da­cio­nes im­pre­vis­tas, sin in­va­sio­nes ile­ga­les, sin re­lle­nos clandestinos. Y tam­bién sin aque­llo que su equipo lla­maba, en los in­for­mes in­ter­nos, «des­via­cio­nes de baja in­ten­si­dad»: gente que ve le­chu­zas blan­cas a las tres de la mañana, mu­cha­chos que corren detrás de los buses a se­senta ki­ló­me­tros por hora, se­ño­ras que lloran junto a los ca­na­les, som­bre­ros enor­mes que suben por el río.

Para lo­grarlo, el equipo de Paula había ins­ta­lado sen­so­res en todo el borde del aeropuerto. Sen­so­res de nivel de agua, de ca­li­dad del aire, de ruido, de movimiento. Y otros más, que no apa­re­cían en ningún pliego de con­di­cio­nes, que medían cosas que la cien­cia de los Dur­mien­tes to­da­vía no sabe medir. Todos esos datos lle­ga­ban a un centro de cóm­puto en un hangar del ae­ro­puerto, una cons­truc­ción gris sin ven­ta­nas que los magos de la Tec­no­cra­cia llaman, con or­gu­llo, un Cons­tructo: un lugar donde su pa­ra­digma es ley y la re­a­li­dad se com­porta como ellos dicen.

En el centro del Cons­tructo, sobre una base de acero, Paula había hecho ins­ta­lar una ré­plica a escala de la balsa muisca, la de oro, la que está en el Museo del Oro y que mues­tra al ca­ci­que de Gua­ta­vita en su ce­re­mo­nia, ro­de­ado de sus acompañantes. No era una decoración. Era un foco, un objeto que con­cen­traba el sentido. Porque el nombre de El Dorado, que los fun­cio­na­rios eli­gie­ron en los años cin­cuenta para re­cor­dar la cul­tura in­dí­gena de la sabana, había ter­mi­nado con­vir­tiendo el ae­ro­puerto en un lugar con un poder sim­bó­lico enorme. Y Paula, que en­ten­día de sím­bo­los tanto como de con­tra­tos, lo estaba usando: los hilos de Quin­ta­e­sen­cia que salían de los Nodos de los hu­me­da­les con­ver­gían en la balsa, y la balsa ali­men­taba los sis­te­mas del Cons­tructo, que a su vez re­es­cri­bían, dato a dato, la re­a­li­dad del oc­ci­dente de Bogotá.

Va­len­tina llegó a la reu­nión con un ramo de ruda en­vuelto en papel pe­rió­dico y se sentó en la pri­mera fila. Cuando Paula ter­minó la pre­sen­ta­ción, le­vantó la mano.

—Una pre­gunta, ingeniera. ¿Sus sen­so­res miden le­chu­zas?

Hubo risas en el salón. Paula sonrió con edu­ca­ción, pero sus ojos se endurecieron. Re­co­no­ció a Va­len­tina en­se­guida, no por su cara, sino por lo que era: lo que la Tec­no­cra­cia llama una des­viada, una maga de las Tra­di­cio­nes, una de esas per­so­nas que creen que la re­a­li­dad se puede cam­biar con hier­bas y rezos.

—Me­di­mos todo lo que afecta la es­ta­bi­li­dad del te­rri­to­rio, señora.

—Se­ño­rita —co­rri­gió Va­len­tina, con una calma helada que había prac­ti­cado du­rante trece años—. Y si miden todo, en­ton­ces sabrán que el Nodo de Santa María del Lago se está secando. Y el del Jaboque. Y que el agua de los dos se está yendo, por debajo de la tierra, hacia su hangar.

El si­len­cio del salón se volvió espeso. Los ve­ci­nos no en­ten­dían de qué estaba ha­blando aque­lla mu­cha­cha de la trenza. Paula sí.

—No sé de qué me habla —dijo.

—Claro que sabe. —Va­len­tina se le­vantó y le en­tregó el ramo de ruda—. Para la buena suerte, ingeniera. La va a necesitar. Porque usted cree que está es­ta­bi­li­zando el te­rri­to­rio, pero lo que está ha­ciendo es de­jarlo sin defensas. Y en el hu­me­dal hay algo que está es­pe­rando eso. Algo que no sale en sus gráficas. Algo que se pudre.

Paula agarró el ramo de ruda por reflejo. Se quedó mi­rán­dolo mien­tras Va­len­tina salía del salón.

Esa noche, sola en su apar­ta­mento de Ciudad Sa­li­tre, frente a la ven­tana que daba a las pistas, Paula Ren­gifo abrió los re­gis­tros de los sen­so­res del borde norte del aeropuerto. Pasó por alto, como siem­pre, las ano­ma­lías que su sis­tema cla­si­fi­caba como «baja in­ten­si­dad». Pero se detuvo en una que no había visto antes, una que el sis­tema había eti­que­tado en rojo y luego, au­to­má­ti­ca­mente, había ar­chi­vado como error de ca­li­bra­ción. Con­ta­mi­na­ción qu­í­mica severa en el hu­me­dal Ja­bo­que, en un punto que según su mapa no tenía ningún ver­ti­miento autorizado. Se­di­men­tos con me­ta­les pesados. Y un re­gis­tro de mo­vi­miento, a las 3:14 de la ma­dru­gada, de seis ve­hí­cu­los pe­sa­dos sin iden­ti­fi­ca­ción que en­tra­ban por un portón que, según sus planos, per­te­ne­cía a un con­tra­tista de su propio consorcio.

Re­lle­nos y Ade­cua­cio­nes La Sabana S.A.S.

Paula buscó el nombre en el sis­tema de contratación. La em­presa tenía un con­trato de «ade­cua­ción de te­rre­nos» fir­mado por su propia ofi­cina hacía ocho meses. Lo había fir­mado ella, entre otros cua­renta do­cu­men­tos, una tarde de viernes. Y la em­presa matriz de esa em­presa, cuando siguió la cadena de pro­pie­ta­rios hacia arriba, re­sultó ser una filial de una filial de un con­glo­me­rado in­ter­na­cio­nal que su propio jefe le había pro­hi­bido investigar.

Paula sabía qué era Pentex. Todos en la Tec­no­cra­cia lo sabían, aunque nadie lo dijera en voz alta. Una cor­po­ra­ción que la Unión to­le­raba porque era útil, porque pagaba, porque era de­ma­siado grande para enfrentarla. Una cor­po­ra­ción que, según los ru­mo­res, no tra­ba­jaba para nadie humano.

Se quedó mi­rando el ramo de ruda, que había dejado en un vaso con agua sobre el mesón de la cocina. Una de las hojas se había puesto negra.

Capítulo 9

Chibchacum se mueve.

El tem­blor llegó un martes de co­mien­zos de marzo, a media mañana. No fue muy fuerte, de esos que apenas mueven las lámparas. Se ca­ye­ron al­gu­nos vi­drios, se agrietó una pared en el co­le­gio de En­ga­tivá Pueblo y la gente salió a la calle en pijama o con el de­lan­tal puesto. A los dos mi­nu­tos ya había memes en internet.

Pero en el En­sueño, en la Umbra y en los Nodos, fue otra cosa.

Lolo lo sintió en la casona de las puer­tas, donde ya vivían la mitad de los duen­des del eu­ca­lipto, aco­mo­da­dos en los cuar­tos que la casa les había ido abriendo de a po­quito, uno por semana, como quien presta una cobija. La casona crujió entera, y todas sus puer­tas, las de aden­tro y la de afuera, se pu­sie­ron al mismo tiempo de todos los colores. En el patio, la pila se desbordó. En el re­ta­blo, otras dos es­pa­das de lata se ca­ye­ron del co­ra­zón de la Virgen.

Julián lo sintió en el caern de la Tingua. El agua del hu­me­dal se le­vantó en una ola pe­queña y negra, y de los char­cos del re­lleno sa­lie­ron de­ce­nas de manos pe­lu­das, que tan­te­a­ron el aire, aga­rra­ron lo que en­con­tra­ron y se vol­vie­ron a hundir. La tingua, el tótem del caern, chilló como nunca antes.

Va­len­tina lo sintió en el puesto cua­renta y siete. Todas las hier­bas del puesto se mar­chi­ta­ron a la vez, y luego, en el mismo se­gundo, vol­vie­ron a florecer. Y supo, porque su abuela se lo había con­tado de niña, lo que significaba.

—Chib­cha­cum se cambió la tierra de hombro —mur­muró—. Se cansó.

Esa noche se reu­nie­ron por pri­mera vez los tres, en el único lugar de En­ga­tivá donde podían estar juntos sin pelearse: la tras­tienda de la cacharrería.

Lolo había puesto una mesa ple­ga­ble entre los baldes y las ollas, y doña Fide había hecho cho­co­late con queso y al­mo­já­ba­nas de las de verdad. Julián llegó con doña Ro­salba, que no quiso sen­tarse en nin­guna silla y se quedó de pie con el bastón. Va­len­tina llegó con su cua­derno de re­me­dios y la pluma blanca de lechuza. Toño, el troll, cui­daba la puerta. Se­bas­tián, el sluagh, estaba en un rincón con su cua­derno de nom­bres, que ya tenía más de la mitad de las pá­gi­nas en blanco.

Al prin­ci­pio fue difícil. Julián, que no estaba acos­tum­brado a ver hadas, no sabía para dónde mirar: a sus ojos, doña Fide era una vie­jita de ruana y Toño un ce­la­dor gordo, pero a veces, de reojo, al­can­zaba a ver la cocina qui­mé­rica, la estufa de leña, los noc­kers col­ga­dos del techo. Va­len­tina, que veía la magia como flujos de ener­gía, veía a los duen­des como pe­que­ños re­mo­li­nos de Gla­mour y a los garou como dos ho­gue­ras de Rabia contenida. Y Lolo, que lo veía todo con ojos de hada, veía a Julián, el Chulo, el de los do­mi­ci­lios, el que siem­pre le pedía las bolsas sin mi­rarlo a los ojos, con­ver­tido en un lobo negro de orejas enor­mes que no sabía dónde poner las manos.

—Yo a usted lo co­nozco —dijo Lolo.

—Yo tam­bién a usted —dijo Julián, y se puso rojo hasta las orejas.

Doña Fide tosió fuerte, y empezaron.

Cada uno contó lo que sabía. Lolo, lo del eu­ca­lipto, la casona y el Bobo del Tran­vía, que corría siem­pre hacia el aeropuerto. Julián, lo de las vol­que­tas, la mano peluda, la Llo­rona, el Mohán y la Patasola. Va­len­tina, lo de los Nodos que se se­ca­ban, los hilos de Quin­ta­e­sen­cia, el Cons­tructo del hangar y la in­ge­niera del Sindicato. Y poco a poco, sobre la mesa ple­ga­ble, con un mar­ca­dor rojo y el mapa viejo de la tía, fueron ar­mando el rompecabezas.

Engativá legendaria: los lugares de la historia (esquema sin escala)
Engativá legendaria: los lugares de la historia (esquema sin escala)

—Son puer­tas —re­su­mió Va­len­tina—. El Mohán tiene razón. Los hu­me­da­les, el árbol, los ríos. Son lu­ga­res donde el mundo de us­te­des —señaló a Lolo—, el de us­te­des —señaló a Julián— y el mío se tocan. En el En­sueño se llaman feudos. En la Umbra, caerns. Para los magos, Nodos. Pero son las mismas puer­tas, vistas desde lados distintos.

—Y la Tec­no­cra­cia las está ce­rrando para dre­nar­las —dijo Julián.

—Y Pentex apro­ve­cha que están ce­rra­das para en­ve­ne­nar­las —com­pletó doña Ro­salba—. Cuando una puerta se cierra mal, se pudre por dentro. El Wyrm entra por ahí.

—Y la Ba­na­li­dad sale por ahí —añadió doña Fide—. Por eso se están bo­rrando los nom­bres del cua­derno de Sebas. La gente está de­jando de soñar en este barrio, y ni se dan cuenta.

—¿Y qué tiene que ver el tem­blor? —pre­guntó Lolo.

—Chib­cha­cum —dijo Va­len­tina—. El que carga la tierra. Cuando la tierra pesa de­ma­siado, se cansa. Y este te­rri­to­rio pesa más que nunca: ce­mento, re­lleno, pista, con­ta­mi­na­ción, y ahora las puer­tas cerradas. Si sigue así, el pró­ximo tem­blor no va a ser de cuatro.

Se que­da­ron callados. Afuera, en la calle, pasó un bus. Pasó un perro. Pasó, muy rápido, un mu­cha­cho con ves­tido de paño y un pa­quete de biz­co­chos bajo el brazo, co­rriendo hacia el occidente.

—El equi­noc­cio —dijo de pronto Se­bas­tián, el sluagh, desde su rincón. Todos se vol­te­a­ron a mirarlo. Era la pri­mera vez que ha­blaba de­lante de tanta gente—. El 20 de marzo. La noche y el día miden casi lo mismo. Los muis­cas lo sabían. En­ga­tivá era la Puerta del Sol. Esa noche las puer­tas se pueden abrir todas al mismo tiempo, o cerrar todas para siempre.

—¿Cómo sabes eso, Sebas? —pre­guntó Lolo.

El sluagh le mostró el cuaderno. En la única página que no se había bo­rrado había un nombre es­crito con una letra an­ti­qu­í­sima, de pluma de ave, en una lengua que nin­guno de ellos sabía leer. Debajo, con letra más re­ciente, al­guien había ano­tado la traducción: Hui­taca estuvo aquí. Vol­verá cuando se abra la puerta.

Antes de des­pe­dirse, Va­len­tina sacó del bolso el ramo de ruda. No el que le había re­ga­lado a Paula, sino otro, gemelo, que había pre­pa­rado con las mismas hojas y el mismo rezo. Todas sus hojas es­ta­ban negras menos una.

—Esta es la in­ge­niera —dijo, se­ña­lando la hoja verde—. Se le está mu­riendo la suerte a todo el que tra­baja en ese hangar. Menos a ella.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que está dudando. —Va­len­tina guardó el ramo—. Y que una tec­nó­crata que duda vale más que diez que obedecen.

Al día si­guiente, Va­len­tina fue al Jardín Bo­tá­nico, que tam­bién está en En­ga­tivá, sobre la calle 63, aunque mucha gente lo olvide. Fue sola, tem­prano, cuando apenas abrían, con la pluma de le­chuza en el bolsillo. Caminó entre los pá­ra­mos de men­ti­ras, los bos­ques an­di­nos sem­bra­dos a mano, los frai­le­jo­nes que al­guien había traído de muy lejos para que los niños de Bogotá su­pie­ran cómo eran. Y en el rincón más húmedo del bosque de niebla, junto a una piedra cu­bierta de musgo, en­con­tró a la Madremonte.

No tenía forma fija. Pri­mero fue un re­mo­lino de hojas. Des­pués una señora muy vieja ves­tida de musgo, con los ojos rojos y la cara gris como la ceniza. Des­pués, por un ins­tante, una mujer gi­gan­tesca, mitad mujer y mitad monte, con el pelo de be­ju­cos y los brazos de raíces. Va­len­tina se arro­di­lló en la tierra, como le había en­se­ñado su abuela, y le ofre­ció lo único que tenía: un sobre de se­mi­llas de ca­lén­dula, de las de su puesto.

—Hija de yer­ba­tera —dijo la Ma­dre­monte, con una voz de lluvia en el bosque—. Us­te­des los de la ciudad siem­pre vienen a pedir.

—Sí, señora.

—¿Y qué me vas a pedir tú?

—Que me preste un árbol —dijo Va­len­tina—. Para el veinte de marzo. Para la plaza de Engativá. Uno que quiera crecer allá, aunque sea chi­quito, aunque tarde dos­cien­tos años en ser grande. Uno que sea de aquí, de la sabana, no de Aus­tra­lia, como el eucalipto. Uno que pueda ser puerta otra vez.

La Ma­dre­monte se quedó en si­len­cio un rato largo. Las hojas del bosque de niebla de­ja­ron de moverse.

—Un roble —dijo por fin—. Un roble de los de aquí. Los muis­cas los respetaban. Pero el roble no va a ser puerta solo porque tú lo siem­bres, hija. Para que un árbol sea puerta, la gente tiene que sen­tarse debajo a contar sus cosas. Tiene que quererlo. Tiene que soñarlo. Eso no lo hago yo. Eso lo hacen ustedes.

La Madremonte en el bosque de niebla del Jardín Botánico
La Madremonte en el bosque de niebla del Jardín Botánico

«Eso no lo hago yo. Eso lo hacen ustedes.»

Capítulo 10

Equinoccio.

La noche del 20 de marzo no llovió. Fue una de esas noches raras de Bogotá, lim­pias y frías, con el cielo lleno de es­tre­llas que nor­mal­mente la con­ta­mi­na­ción no deja ver. La luna estaba en cuarto creciente. En el oc­ci­dente, las luces del ae­ro­puerto bri­lla­ban como siem­pre, rojas y blan­cas, or­de­na­das, perfectas.

El plan era sen­ci­llo, porque no había tiempo para uno complicado. Tenían que abrir las puer­tas, todas a la vez, en la noche del equi­noc­cio, cuando el día y la noche miden casi lo mismo. Y para eso había que hacer cuatro cosas al mismo tiempo, en cuatro lu­ga­res dis­tin­tos de Engativá.

En el Ja­bo­que, los garou harían un rito de lim­pieza en el caern de la Tingua. En Santa María del Lago, Va­len­tina haría su propio ritual para de­vol­ver la Quin­ta­e­sen­cia al Nodo. En la plaza fun­da­cio­nal, las hadas harían lo único que las hadas saben hacer de verdad: una fiesta. Y en el ae­ro­puerto al­guien ten­dría que romper la balsa.

Ese al­guien, para sor­presa de todos, se había ofre­cido sola.

Paula Ren­gifo había lla­mado a Va­len­tina el 15 de marzo, a las once de la noche, desde un número desconocido. No se dis­culpó ni dio explicaciones. Dijo solamente: Usted tenía razón. Hay con­ta­mi­na­ción en el Ja­bo­que que yo no autoricé. Pentex está usando mi proyecto. No puedo pa­rarlo desde aden­tro sin per­derlo todo. Pero puedo hacer que un sensor falle du­rante quince mi­nu­tos, la noche del equinoccio.

—¿Por qué me dice esto, in­ge­niera?

Hubo un si­len­cio largo en la línea.

—Porque se me murió la ruda —dijo Paula—. Y porque cuando era niña, mi abuela me con­taba lo de la le­chuza blanca, y yo le decía que eso no existía. Y la otra noche vi una en la ven­tana de mi apar­ta­mento, en un piso die­cio­cho, en Ciudad Salitre. Y por pri­mera vez en ca­torce años no supe cómo clasificarla.

En el Jaboque

A las once de la noche, la manada del caern de la Tingua se reunió en el cír­culo de juncos. Doña Ro­salba, con su bastón, en el centro. Julián, el Mono Pa­checo, Ye­se­nia y Camila a su al­re­de­dor, en sus formas de lobo. Y en el borde del cír­culo, como in­vi­ta­das que no habían pedido per­miso, la Llo­rona de Na­ta­gaima con su batea, sen­tada en una piedra, y la Pa­ta­sola, in­mó­vil sobre su única pierna entre los eu­ca­lip­tos del fondo.

El rito de lim­pieza de un caern no es bonito. Es un tra­bajo duro, sucio, que se hace con las manos y con los dientes. Los garou se me­tie­ron al hu­me­dal y em­pe­za­ron a sacar, uno por uno, los es­com­bros del re­lleno envenenado: las llan­tas, las va­ri­llas, las bolsas negras, los ladrillos. Cada cosa que sa­ca­ban la lle­va­ban hasta el centro del cír­culo, donde doña Ro­salba la tocaba con el bastón y le can­taba algo en una lengua muy vieja, mitad muisca y mitad lobo. Al to­carla, la cosa se volvía polvo gris y el viento se lo llevaba.

Las manos pe­lu­das sa­lie­ron a de­fen­der su ma­dri­guera a la medianoche. Sa­lie­ron de­ce­nas, cien­tos, de todos los char­cos del re­lleno, aga­rrando to­bi­llos, patas, juncos. El Mono Pa­checo perdió media oreja. Camila tuvo que trans­for­marse en Crinos y arran­car tres manos de un solo zarpazo. Julián sintió la Rabia su­birle hasta los ojos y se dejó llevar, por pri­mera vez sin miedo, porque esta vez la Rabia era justa.

Y en­ton­ces la Llo­rona empezó a llorar.

No fue un llanto de miedo, sino de duelo: el llanto de todas las mu­je­res que habían lavado ropa en ese río, de todas las madres que habían per­dido hijos en la vio­len­cia, de todas las fa­mi­lias que habían lle­gado a En­ga­tivá con una ga­llina y un col­chón y habían le­van­tado sus casas sobre el re­lleno porque no tenían otra opción. Era un llanto tan ver­da­dero, tan limpio, que las manos pe­lu­das se detuvieron. Temblaron. Y se fueron hun­diendo en sus char­cos, una por una, como quien se es­conde de una luz de­ma­siado fuerte.

La Pa­ta­sola, desde los eu­ca­lip­tos, cazó a las que in­ten­ta­ron es­ca­par hacia el aeropuerto.

En Santa María del Lago

Va­len­tina hizo su ritual sola, en el centro del Nodo, sen­tada sobre la tierra húmeda, con la trenza suelta por pri­mera vez en años.

No usó nada que no fuera de su abuela: el cua­derno de re­me­dios, una vela de cera de abejas, un sa­hu­me­rio de romero, ruda y eu­ca­lipto (sí, eu­ca­lipto, una hoja del árbol caído que doña Fide le había re­ga­lado) y la pluma blanca de lechuza. En­cen­dió la vela. Rezó el Mag­ni­fi­cat, pri­mero al de­re­cho y luego al revés. Y con la Esfera de Car­di­nal, la de la ener­gía pri­mor­dial, empezó a jalar los hilos.

Fue como de­sen­re­dar un tejido muy apre­tado con los dedos. Los hilos de Quin­ta­e­sen­cia que salían del Nodo hacia el ae­ro­puerto eran rectos, tensos, per­fec­tos, hechos con la lógica im­pla­ca­ble de la Tec­no­cra­cia, y cada uno resistía. Va­len­tina los fue to­mando uno a uno, y a cada uno le contó una historia: la de su abuela res­pi­rando tran­quila, la de las la­van­de­ras del Funza, la del puesto cua­renta y siete, la de la noche en que salió de Na­ta­gaima con una maleta y un nombre nuevo. Porque así fun­ciona la magia de la Verbena: lo vivo se de­fiende contándose. Y cada hilo, al oír su his­to­ria, se aflo­jaba un po­quito, se cur­vaba, se volvía raíz.

A las 2:42 de la ma­dru­gada, el sensor número 117 del borde norte del ae­ro­puerto dejó de transmitir.

Va­len­tina sintió el cambio como se siente un vidrio que se rompe en la casa del vecino. Los hilos de­ja­ron de resistir. La Quin­ta­e­sen­cia que lle­vaba meses dre­nán­dose hacia el hangar empezó a re­gre­sar, pri­mero des­pa­cio, luego como una cre­ciente, hasta que el Nodo de Santa María del Lago se llenó otra vez y el aire empezó a zumbar como un en­jam­bre de abejas.

Y en el hangar sin ven­ta­nas, en el centro del Cons­tructo, sobre su base de acero, la ré­plica dorada de la balsa muisca se partió en dos.

Lo vivo se de­fiende contándose.

En la plaza fundacional

Mien­tras tanto, en En­ga­tivá Pueblo, las hadas hi­cie­ron una fiesta.

No una fiesta cual­quiera, sino una ver­bena, como las de antes, como las que se hacían en los pue­blos de la sabana cuando lle­gaba la cosecha: con música, con chicha, con comida y con baile hasta el amanecer. Doña Fide había co­ci­nado du­rante tres días. Toño había armado una tarima con es­ti­bas de la cacharrería. Los noc­kers habían co­nec­tado unos par­lan­tes viejos a un am­pli­fi­ca­dor que nadie en­ten­día cómo funcionaba. Y Da­niela, la sátira, había con­vo­cado por TikTok a todo el que qui­siera venir.

Vino mu­chí­sima gente. Ve­ci­nos del pueblo, se­ño­ras de la junta, mu­cha­chos de los ba­rrios de abajo, pa­re­jas de novios, fa­mi­lias con niños, vie­ji­tos con ruana. Vi­nie­ron las per­so­nas del co­lec­tivo de la tra­di­ción engativeña. Vi­nie­ron, aunque nadie las hu­biera in­vi­tado, las amigas de Lolo: las de la pe­lu­que­ría, las del grupo de teatro, las chicas trans de la es­quina, los mu­cha­chos que se daban besos en la plaza y a los que la gente del pueblo antes miraba feo. Esa noche nadie los miró feo. Esa noche, por algún motivo que nadie supo ex­pli­car des­pués, todo el mundo bailó con todo el mundo.

Los Dur­mien­tes vieron una fiesta de barrio con música de ca­rranga y de re­gue­tón, em­pa­na­das y canelazo. Las hadas vieron otra cosa: vieron cómo, con cada can­ción, con cada risa, con cada pareja que se atre­vía a bailar, el Gla­mour volvía a llenar la plaza como el agua llena un estanque. Vieron cómo los nom­bres em­pe­za­ban a re­a­pa­re­cer en el cua­derno de Se­bas­tián, uno por uno, y al­gu­nos nuevos, es­cri­tos con letra de esa misma noche. Vieron cómo el cura sin cabeza bajaba del cam­pa­na­rio y se que­daba en la puerta de la igle­sia, mi­rando la fiesta con las manos juntas, y cómo, cuando la banda tocó un bam­buco viejo, em­pe­zaba a llevar el compás con el pie.

Lolo bailó toda la noche. Con doña Fide, con Toño, con Da­niela, con la tía de la ca­cha­rre­ría, que se apa­re­ció a las dos de la mañana con una bo­te­lla de aguardiente. Y a las tres y media, cuando ya estaba sudado y feliz y no le que­da­ban men­ti­ras por decir, llegó Julián, con la ca­mi­seta rota, media cara llena de barro y un ras­guño largo en el brazo.

—¿Usted no estaba en el hu­me­dal? —pre­guntó Lolo.

—Ya terminamos. —Julián miró la fiesta, los par­lan­tes, la gente, como si no pu­diera creer lo que veía—. Ganamos. Creo.

—¿Cree?

—Creo. —Y en­ton­ces, por pri­mera vez, Julián lo miró a los ojos—. ¿Bai­la­mos?

Lolo no le con­testó con una mentira. Le con­testó con la verdad, y bailaron.

La Puerta del Sol

A las 5:47 de la mañana del 21 de marzo, cuando el sol empezó a aso­marse por detrás de los cerros orien­ta­les, la fiesta se quedó en silencio.

En la jar­di­nera de la plaza fun­da­cio­nal, donde había estado el eu­ca­lipto, había un hueco recién abierto. Al lado del hueco, en una bolsa negra de vivero, es­pe­raba un roble chi­quito, de poco más de un metro, con las hojas bri­llan­tes y el tallo del­gado como un dedo. Lo habían traído del Jardín Bo­tá­nico unos fun­cio­na­rios de cha­leco verde que nadie de la fiesta co­no­cía, y que lle­ga­ron con la es­ca­ra­pela de la ins­ti­tu­ción y un per­miso fir­mado, como si fuera lo más normal del mundo sem­brar un árbol a las seis de la mañana de un viernes.

Va­len­tina llegó ca­mi­nando desde Santa María del Lago, con la pluma de le­chuza en la mano y la trenza suelta. Doña Ro­salba llegó del Ja­bo­que, apo­yada en el bastón y en el brazo de Yesenia. Paula Ren­gifo llegó en un taxi, con la misma ropa del día an­te­rior, ojeras pro­fun­das y una caja de cartón bajo el brazo. Dentro de la caja es­ta­ban las dos mi­ta­des de la balsa dorada.

—No sé qué hacer con esto —dijo.

—Yo sí —res­pon­dió Valentina.

Pu­sie­ron las dos mi­ta­des de la balsa en el fondo del hueco, como una ofrenda. Encima pu­sie­ron la hoja de eu­ca­lipto de doña Fide, una pluma de tingua que trajo Julián, una página del cua­derno de Se­bas­tián con todos los nom­bres de esa noche, una totuma de chicha y un tabaco para el Mohán. Y encima de todo eso, entre todos, sem­bra­ron el roble.

En ese mo­mento el sol cruzó el horizonte. Y sobre la plaza, vi­niendo desde el oc­ci­dente, desde los hu­me­da­les, voló una le­chuza blanca. Dio tres vuel­tas al­re­de­dor del roble, des­pa­cio, como si lo es­tu­viera mi­rando bien. Des­pués se posó en la rama más alta, que apenas aguan­taba su peso. Y se quedó ahí.

Doña Fide se echó a llorar. La casona de las puer­tas, a dos cua­dras, abrió todas sus ven­ta­nas al mismo tiempo. En el Ja­bo­que, la tingua del caern cantó como no can­taba desde hacía años. En el río Bogotá, que seguía oscuro y en­fermo, un som­brero de paja enorme se asomó un ins­tante sobre el agua y volvió a hundirse. Y a lo lejos, por la Ochenta, un mu­cha­cho con ves­tido de paño y un pa­quete de biz­co­chos bajo el brazo dejó de correr, se sentó en un pa­ra­dero y se quedó mi­rando el ama­ne­cer, tran­quilo, como quien por fin llegó adonde iba.

Epílogo

La puerta sigue abierta.

Para que un árbol sea puerta, la gente tiene que sen­tarse debajo a contar sus cosas.

La Madremonte, en el Jardín Botánico

Y ya, mijos. Así fue. O así me lo con­ta­ron, que para el caso es lo mismo.

El roble sigue en la plaza. Está chi­quito to­da­vía, ro­de­ado de una cer­quita de madera que pu­sie­ron entre la junta y el Jardín Bo­tá­nico, con una jar­di­nera llena de plan­tas que la gente del pueblo riega cuando pasa. Si us­te­des van un sábado por la tarde, van a ver que siem­pre hay al­guien sen­tado en la banca de al lado, con­tán­dole algo a alguien. Eso es lo que lo va a volver puerta. No la magia, no los rituales: la gente.

Los duen­des del eu­ca­lipto viven ahora en la casona de las puertas. La casa los re­ci­bió a todos, uno por uno, y el día que Lolo se mudó al cuarto del balcón, su puerta se puso de co­lo­res, como una bandera. El cuadro de las dos se­ño­ras está otra vez de­re­cho, en el mejor lugar de la sala. Y en el re­ta­blo de la Virgen de los Do­lo­res ya no queda nin­guna espada de lata. Doña Fide dice que la casa se curó. Lolo dice que la casa sigue siendo bas­tante cas­ca­rra­bias, pero que ahora es cas­ca­rra­bias con todo el mundo por igual, que es lo justo.

El Ja­bo­que sigue ahí, con sus garzas, sus tin­guas y sus problemas. Las vol­que­tas de Re­lle­nos y Ade­cua­cio­nes La Sabana S.A.S. de­ja­ron de pasar des­pués del equi­noc­cio, y en abril salió una nota pe­queña en un pe­rió­dico sobre una san­ción am­bien­tal a un con­tra­tista por ver­ti­mien­tos ilegales. Nadie re­la­cionó la nota con nada. Doña Ro­salba la re­cortó y la pegó en la nevera. Pero los garou saben que Pentex no se rinde: se cambia de nombre. Cual­quier día de estos lle­gará otra em­presa, con otro lo­go­tipo abu­rrido, y otra vez habrá que salir a la orilla a esperarla.

Paula Ren­gifo re­nun­ció a la Ini­cia­tiva El Dorado en mayo. Ofi­cial­mente, por «mo­ti­vos per­so­na­les». No sa­be­mos si sigue en la Tecnocracia. Sa­be­mos que se compró una matica de ruda y que la tiene en la ven­tana de su apar­ta­mento, en el piso die­cio­cho, mi­rando a las pistas. A veces, en las noches claras, una le­chuza blanca se posa en la ba­randa del balcón. Paula no la espanta. Tam­poco la clasifica.

Va­len­tina sigue en el puesto cua­renta y siete de la plaza de Las Ferias. Ahora tiene dos aprendices: una niña de doce años que llegó de Tumaco con su mamá y un mu­cha­cho de die­ci­siete que no sabe to­da­vía qué es, pero que tiene las uñas verdes de tanto aga­rrar hojas. Va­len­tina les enseña lo que le enseñó su abuela: que las plan­tas saben lo que tienen que hacer, que basta con pe­dír­selo bien, y que lo vivo se de­fiende contándose.

Julián sigue re­par­tiendo do­mi­ci­lios en moto. Pero ahora, cuando pasa por la ca­cha­rre­ría de En­ga­tivá Pueblo, ya no pide las bolsas sin mirar a nadie a los ojos. Entra, saluda a la tía y se queda un rato ha­blando con el que atiende, que es un mu­cha­cho de de­lan­tal que dice muchas men­ti­ras y que, cuando se pone ner­vioso, tiene una forma de animal que él jura que es de jaguar.

No es de jaguar. Es de curí. Pero a Julián le gusta igual.

Y el Bobo del Tran­vía, me preguntan. ¿Qué pasó con el Bobo? Nadie lo volvió a ver co­rriendo detrás de los buses. Pero dicen que si uno se sienta en el pa­ra­dero de la Ochenta con Boyacá, un día de lluvia, con un pa­quete de biz­co­chos de man­te­qui­lla en las ro­di­llas, a veces se sienta al lado un mu­cha­cho con ves­tido de paño, se come uno, le da las gra­cias y se queda mi­rando el oc­ci­dente, tranquilo.

Porque el río sigue en­fermo, y las puer­tas siguen ahí, y En­ga­tivá sigue siendo la tierra del sol, la de lo ameno y lo sabroso. Y al­guien tiene que seguir contando.

Bueno. Ahora les toca a ustedes. Tiren los dados.

Notas

Fuentes y validación.

Esta his­to­ria es original. No copia textos de nin­guna fuente: toma le­yen­das de la tra­di­ción oral de Bogotá y de Co­lom­bia, datos pú­bli­cos sobre En­ga­tivá y sus hu­me­da­les y al­gu­nas ideas del ma­te­rial co­mu­ni­ta­rio de Tazón para Dos, y los re­or­ga­niza en clave del Mundo de Tinieblas. El cuadro si­guiente resume qué se ve­ri­ficó y qué es invención.

Leyendas y lugares verificados

Lo que no se pudo verificar o no es de Bogotá

Material comunitario

Del ma­te­rial de Tazón para Dos (pro­puesta «Na­rra­ti­vas orales con­tem­po­rá­neas desde el juego de rol» y do­cu­men­tos de ex­pe­rien­cia en En­ga­tivá) vienen tres semillas: el hu­me­dal Ja­bo­que como per­so­naje que re­cuerda y padece el ce­mento y la basura; el árbol de la plaza fun­da­cio­nal, con duen­des y hadas des­pla­za­dos por la tala; y la casa co­lo­nial que cambia de puerta y de ca­rác­ter según quién la habita. Tam­bién viene el en­fo­que de re­a­lismo mágico para hablar de dis­cri­mi­na­ción, des­pla­za­miento y te­rri­to­rio sin ex­po­ner la vida de nadie.

Referencias sobre los juegos

La va­li­da­ción de­ta­llada de cada fuente, con su di­rec­ción web y lo que se usó de ella, está en el ar­chivo validacion/fuentes.csv que acom­paña este documento.

Cuando tumbaron el eucalipto de la plaza, algo se soltó en Engativá.

Los duendes que vivían en sus raíces quedaron en la calle con el trasteo a cuestas. En el Jaboque, las volquetas de la noche empezaron a traer algo más que escombros. Y en el aeropuerto, alguien decidió que las leyendas del barrio eran ruido estadístico.

Una pooka que miente para sobrevivir, un garou que reparte domicilios en moto y una yerbatera de la plaza de Las Ferias tienen hasta el equinoccio para cerrar, o abrir, la Puerta del Sol.

Historia original y no oficial para Mago: La Ascensión, Hombre Lobo: El Apocalipsis y Changeling: El Ensueño, escrita a partir de leyendas de Bogotá y de Engativá y del material comunitario de Tazón para Dos.

Historia, maquetación e ilustraciones: Tazón para Dos, con ayuda de herramientas de IA. Ilustraciones originales, sin rostros de personas reales. Mago: La Ascensión, Hombre Lobo: El Apocalipsis, Changeling: El Ensueño y el Mundo de Tinieblas son marcas de sus titulares; este es un texto de fans, no oficial y sin ánimo de lucro. Las leyendas pertenecen a la tradición oral; las fuentes consultadas se citan al final.
Tazón para Dos JUGAR TAMBIÉN ES ESCUCHAR.
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